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Luis Cerda Herrera

Luis Cerda Herrera

10. Abril, 2015 |

Comparto tus versos, la liberta es como el aire que respiramos

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sergio silva

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22. Febrero, 2015 |

Juan cuevas Quevedo, es este tu correo? si es así espero tu respuesta. Fraternalmente, Sergio silva.

Arsenio Aguilera

Arsenio Aguilera

22. Enero, 2015 |

Hermosa poesía que refleja lo vivido abordo de la embajadora de los mares. Felicitaciones por ese maravilloso talento. Un ex-marino y...

Eugenio

06. Agosto, 2014 |

muy buenos tus poemas, te felicito compadre, aun tengo recuerdos de cuando nos reiamos juntos a otros funcionarios del S.A.G y la...

manuela rodriguez

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06. Enero, 2014 |

Señor marcelino, hermosos sus poemas ,muchas gracias por ayudarnos a encontrar un hotel y personas como ud necesita este mundo Dios lo...

Pabellón de Sub-Agudos

18 Agosto 2014

 

Cuentos del Sub Mundo

Pabellón  Sub-Agudo

Cuando nos bajamos del taxi mi madre, hermana y yo nos topamos de frente con la portería del hospital psiquiátrico. Luego de las preguntas de rutina el portero nos dijo: adelante. Mientras cruzábamos la placita, que antecede al edificio gris, se nos acercó un loco y nos pidió una moneda, mientras mi madre buscaba, se acercó otro,  también quería una chaucha, luego una tercera, una cuarta y un quinto. Una de las pacientes se puso a cantar mientras la‑otra nos daba un recado para una hermana a la cual no habíamos visto nunca. Nos siguieron por la plaza hasta que entramos al edificio. Una vez en la recepción mí madre le estiró el papel con la firma de la doctora Manantiales a la secretaria para mi hospitalización. Bien dijo va para “Agudo”, levantó el fono y marcó un número: -llegó un paciente vengan a buscarlo por favor. A los minutos apareció un hombre completamente vestido de blanco, la secretaria le entregó la orden y con amabilidad nos dijo qué lo siguiéramos. El trayecto fue a través de una sucesión de largos pasillos con puertas a los costados y de baldosas brillantes, mientras avanzábamos hasta el pabellón agudo, las locas y locos que en ese momento pasaban por ahí nos miraban,  muchos con las bocas semi abiertas de miradas ausentes idas, opacas con una chispa que venía del fondo del ojo y aparecía justo en el centro extendiéndose por la pupila para luego desaparecer cuando nos dejaban de mirar y volvían a verse ellos y su entorno. Muchos internos eran deformes de eterno deambular,  con voces traposas se escuchaban gritos agudos, que en los pasillos sonaban espantosos, espectrales, asustaban.

Los pasillos son algo típicos del hospital, son largos semi oscuros, por ellos transitan los pacientes, auxiliares, los médicos. Por ellos se ingresa y también se sale, en invierno son fríos oscuros y patéticos, he visto como los rayos con su luz eléctrica cual flash los ilumina dejando ver las figuras y caras de los locos por un par de segundos.

Mientras avanzábamos por los largos pasillos, el auxiliar y mi madre conversaban acerca del pabellón Agudo al cual nos dirigíamos. De pronto en mitad del trayecto se podía apreciar por las ventanas grandes espacios o patios, en ellos (los patios) habían varias decenas, tal vez más de un centenar de locas y locos, de diferentes edades, formes, deformes, muchos tirados, más bien abandonados en el suelo; de esa manera les gusta tomar el sol, otros gritaban, otros sólo caminaban, otros jugaban, otros tenían relaciones sexuales, otros sentados con las piernas estiradas se mecían en forma constante hacia delante y hacia atrás, otros hablaban solos, era un desorden compuesto, correlacionado hecho por los cuerdos, los locos en sí tendían a la anarquía.

Cuando llegamos a la puerta del pabellón Agudo, el auxiliar presionó el timbre, luego de un leve sonido la puerta se abrió sola. Esta daba, “sorpresa”, a otro largo pasillo de baldosas frías y puertas a los costados, iluminados por tubos fluorescentes. Algunos pacientes deambulan por él muy lentamente, sedados por los medicamentos. Por esos tiempos Agudo cumplía con varias funciones, una de ellas como unidad de observaciones, así es que durante un tiempo me observaron, escudriñaron, conversaron, me hicieron exámenes, me inyectaron vitaminas, recuerdo que sus preguntas más recurrentes eran: ¿cómo te sientes? ¿qué sientes? Háblanos un poco de las cosas que piensas ¿estás comiendo bien? ¿duermes bien? ¿te gusta el lugar? Y de cómo andabas en la calle, dinos ¿cómo era? ¿de que forma andabas? ¿qué consumías? ¿cuánta cantidad? ¿durante cuánto tiempo? ¿andabas solo o con más gente? ¿ y esa gente cómo era? ¿y en qué lugares  estuviste? ¿en otras ciudades? ¿estuviste en la cárcel? ¿cuánto tiempo vagaste? ¿cuánto tiempo dormiste en la calle? ¿y en qué lugares? ¿eran casas abandonadas?? ¿debajo de los puentes, rincones oscuros o simplemente en la vereda? ¿o parques? ¿plazas, líneas de trenes? ¿y cómo te alimentabas? ¿pedías? ¿robabas? ¿o comprabas con el dinero que a la gente pedías? ¿y esa gente te conocía? ¿o eran desconocidas? ¿ te trataban bien o te trataban mal? ¿y los carabineros te detuvieron muchas veces? ¿te pegaron? ¿cómo es tu padre? ¿cómo es tu madre? ¿cómo son tus hermanos? ¿tienes polola? ¿has estudiado? Bien, y con el neopren qué veías, ¿Qué sentías? ¿y que tipo de alcohol tomabas? Y dónde comprabas los solventes ¿así que tienes un hijo? Quiero que sepas que te queremos ayudar, por eso estás aquí, por eso tu madre y tu hermana te trajeron para que nosotros con todo lo que sabemos te podamos ayudar, salvar, sacar de donde estabas, enrumbarte, recuerda que somos tus amigos y queremos que estés bien.

Mientras tanto la rutina del hospital psiquiátrico, sigue, prosigue como años de años anteriores, los cuales, los que vendrán, vidas enteras deambulando por los patios, pasillos, colectivos, comedores, terapias.

El día que la doctora me dijo que iba a otro pabellón, realmente no sabía donde iba. Solo arreglé mis cosas y siguiendo a un auxiliar salimos de Agudo rumbo a sub agudo. Recuerdo eran las doce del día, caminamos por varios pasillos hasta  que llegamos a una puerta, ésta se abrió después de tocar un timbre. El pasillo era igual que todos, sólo más frío y tenue, casi en penumbras. Nos dirigimos por éste hasta el comedor; en el trayecto no vi. a nadie, pues estaban todos esperando el almuerzo, así que al entrar al comedor, todos los locos y locas, que en esos momentos conversaban, gritaban, peleaban, de pronto al verme parado en la puerta mirándoles con un poco de temor y asombro, se quedaron callados, inmóviles, con sus caras mirándome con curiosidad. La auxiliar de turno, en forma amable, me indicó una de las mesas, al tomar asiento, el desorden y la bulla continuaron. El único que mientras duró el almuerzo me dio la mano, una mano a la cual le faltaba el dedo meñique y el que le sigue fue Alejandro Cartagena el matón de Sub‑agudo.

Cartagena llevaba cerca de una década internado, era gordo, medianamente alto, con cara de malo, se vanagloriaba de que antes había sido algo parecido a un pato malo, el exceso de solventes y una patología secreta, que le fue creciendo de a poco del fondo de su mente estimulada y alimentada por el mundo exterior lo llevaron a ese lugar, lugar al cual se fue haciendo parte, hasta ser completamente, psiquis cuerpo y algo de su espíritu, netamente del psiquiátrico todo su mundo estaba allí, sus amigos todos locos, sus amores todas locas, sus maldades cometidas ahí, es por eso qué, cuando un día lo echaron del hospital, por que en el casillero le encontraron una cuchilla dijo qué era para matar a lo doctores y doctoras que muchas veces lo habían mandado a las celdas incomunicado solo abandonado, triste sin mas luz que la qué entraba por la ventana con barrotes.. Así que cuando se vio en la calle, cuando su familia no lo amparó, vagó por las calles, se emborrachó sólo y sólo continuó ya que ningún cuerdo se le acercó, mas bien el se acercaba a los grupos de la villa los álamos; ellos, los villanos, en cierta forma lo ampararon ya que sus vidas son similares (pilfia, hola pilfia)los marginales se reconocen, se olfatean como lo hacen los perros y se aceptan como los canes, se pelean y luego se abrazan borrachos, porque el sub‑mundo es así.

Aún así una y otra vez, se filtraba en forma clandestina al psiquiátrico, escondido en la antigua portería, donde hay botadas colchonetas y señales de uno o varios incendios, desde ahí llamaba a los locos para que le trajeran tabaco, le trajeran pan, a su amor Nancy, una loca de por vida blanca, de ojos celestes, rubia, gorda, en otros tiempos tal vez bella, aunque joven por aquélla época treintas y tantos.

Cartagena era más bien malo, en el sentido que disfrutaba golpeando a los demás pacientes, a las locas del pelo las tumbaba y con sus ciento diez kilos encima las inmovilizaba para abusar de ellas.

Es por eso que los demás pacientes lo delataron, y también por eso los profesionales comprendieron que después de tanto tiempo no podían echarlo de ese mundo aislado, lejano, incomprensible para la vanidad egoísta de los cuerdos y cuerdas, es por eso qué lo reintegraron, pero fue trasladado a otro hospital psiquiátrico. No sobrevivió pues en una celda oscura Cartagena se paró en la cama, rompió a tirones la camisola, se la amarró al cuello y a la parte superior de esta y con sus ciento diez kilos, completamente desnudo se ahorcó.

Otras pacientes como Mónica, Blanca Meche estaban en una etapa de inestabilidad personal, emocional, por supuesto mental, si se quedaban por siempre en el psiquiátrico, sólo el tiempo les daría o les devolvería tranquilidad, serenidad, adaptación, tal vez cómo sucedía  con pacientes qué llevaban muchos años internados, era una locura mas bien serena, ensimismada, expresiva en otros.

Del pabellón no podíamos salir. Algunos días de la semana, nos sacaban a pasear y era una alegría inmensa, todos reían, algo tan simple los embargaba de felicidad, nos paseaban por los contornos del hospital un paisaje de verdes campos con cerros de telones, pájaros por doquier, lejos de la civilización lejos de los ojos egoístas, fóbicos, discriminadores, con el tiempo he llegado a creer que ellos, los locos y locas están mejor ahí, en un lugar cómo ese, un mundo aparte, sólo para ellos, lejos del rechazo y desprecio. ¿Qué haría un loco en la ciudad?  ¿se podría casar con una persona lúcida, normal?, ¿podría conseguir un trabajo bien pagado?, ¿sería acaso respetado, respetada?, entre ellos, en su correlación  se aman, también se pelean y se odian, pero nadie los reprime, censura y claro hay normas pero son parámetros, mas bien señales, y en la ciudad no estarían aislados en un patio, encerrados en un cuarto, despreciados a diario.

En uno de los paseos una paciente‑"Meche, se sentó a mi lado y tomándome una mano, me dijo mas bien con vergüenza que me amaba y que quería casarse conmigo mientras un hilo de saliva caía por un costado de su boca. No nos casamos, pues a mi me faltó estar loco como ella, yo solo era un vago drogadicto alcohólico rehabilitándome, lo de ella, era mucho mas profundo, incomprensible para mi. El día que me fui del hospital, al cruzar la playa que antecede al edificio en uno de los bancos estaba ella sentada ensimismada, con los hombros caídos con su cabeza un poco escondida en señal de perpetua humildad y sus ojos de pena serena... Con mi bolso de equipaje camine hacia ella, la miré con pena con la misma pena con que escribo estas líneas y recordarla. Ella se quedó ahí no se si para siempre, lo cierto es qué nunca más la he vuelto a  ver...

Un día, trajeron al Nacho, era un ser completamente enloquecido aislado en su interior. era un ser sacado de la prehistoria no toleraba las ropas, era el único que andaba desnudo entre los demás. Por las noches lo encerraban en una celda. Los golpes que  daba a  la puerta metálica eran de tal magnitud, fuerza, que pareciese que en cualquier momento la echaría abajo, en las mañanas al liberarlo los paramédicos, se iba al patio a comerse las hojas de los árboles, las plantas.

El control en sub‑agudo era estricto, la rutina la misma, tal vez en eso consistía nuestra estadía en aquel pabellón, no poseíamos nada, todo era suministrado, la ropa, las camisetas, todo nos era entregado. Recuerdo el patio, rodeado por altas murallas, desde el segundo, tercer piso y la terraza los otros pacientes nos arrojaban cigarros, tabaco en hoja cultivado por los internos del hospital, yo los miraba con asombro, ¿cómo? seres olvidados, aislados, existían sentían amaban, odiaban, conversaban conmigo, me preguntaban de qué estaba enfermo, no me reconocían como un perro al oler a un perro de yeso.  Podían pasar muchas semanas, se mantenían estable, de pronto les estallaba la crisis, y los auxiliares decían, se desajustó, como si una pieza que es exacta de un rompe cabeza de pronto se transformara en otra pieza y no encajara y sus personalidades  cambiaran  a un sentido no correlaoional, parecían  desconocerse yo sólo los miraba, no les decía nada nunca me agredieron, entre ellos si, muchas veces. Mónica había roto varias narices, el Turco Germán brazos, dientes.

De todo el tiempo que estuve, de todos los pacientes de sub‑agudo sólo a dos me di cuenta que a lo lejos recibían  visitas de su familias, al resto los vi. olvidados, dejados. Lo dejo, después vendré o vendremos de visita le decían a los médicos, mentiras para los doctores, pues en  el fondo sabían que no volverían, por que su propia cruz  ya era demasiado pesada para cargar con otra, que no producirá, rendirá, dará, que sólo quitará y no devolverá.

El frontis del hospital de tres pisos en las noches se ilumina y la luz se aprecia en las ventanas, se asemeja a un gran barco, un buque trasatlántico, al titanic, donde sus fantasmas han reencarnado en los locos y locas que habitan en su interior, las animas del titanic deambulan por todo el barco tal como deambulan los locos por el psiquiátrico, ese deambular sereno, transeúnte, mutante sin destino, en ese transitar por el recinto se  asemeja al que busca tal vez en forma sedada la salida del laberintos.

Cuando los médicos me llamaron al cuarto donde trabajan, me mi­raron fijamente a la cara, después de unos segundos me dijeron: bien, queremos comunicarle que está de alta, puede irse a su casa, hemos notado que ya está bien, no debe volver a consumir nada más, no queremos volver a verlo por aquí. Y bien, ¿no nos dice nada?, pensábamos que quería irse a su casa. – ho, si, estoy muy contento, muchas gracias –fueron mis palabras.

-          Llamaremos a su familia para que lo vengan a buscar.

En el fondo estaba feliz, sólo más bien impactado por todo el tiempo que estuve entre los locos, tuve tal vez la suerte de conocer de muy cerca esas vidas ocultas, sufrientes, en parte libres de los prejuicios, ambiciones, corrupción del ser humano común y corriente, ese ser humano que quizás nunca pisará ni de visita un lugar como aquel, ¿tal vez?

 

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