Ultimos Comentarios

Luis Cerda Herrera

Luis Cerda Herrera

10. Abril, 2015 |

Comparto tus versos, la liberta es como el aire que respiramos

Saludos

sergio silva

sergio silva

22. Febrero, 2015 |

Juan cuevas Quevedo, es este tu correo? si es así espero tu respuesta. Fraternalmente, Sergio silva.

Arsenio Aguilera

Arsenio Aguilera

22. Enero, 2015 |

Hermosa poesía que refleja lo vivido abordo de la embajadora de los mares. Felicitaciones por ese maravilloso talento. Un ex-marino y...

Eugenio

06. Agosto, 2014 |

muy buenos tus poemas, te felicito compadre, aun tengo recuerdos de cuando nos reiamos juntos a otros funcionarios del S.A.G y la...

manuela rodriguez

manuela rodriguez

06. Enero, 2014 |

Señor marcelino, hermosos sus poemas ,muchas gracias por ayudarnos a encontrar un hotel y personas como ud necesita este mundo Dios lo...

El último vino

18 Agosto 2014

 

El último Vino......

de :Pablo Esteban Garrido Cádiz--

-Hernán tiene 25 años y se encuentra internado en el Hospital Siquiátrico Doctor Philippe Pinel de Putaendo. Se rehabilita de alcoholismo. A pesar de su juventud, su alcoholismo es crónico. Ya ha tenido hemorragias y no tiene absolutamente nada ni a nadie. Debo decir que en otro tiempo tuvo padres y hermana, una casa con muebles y patio, un perro y amigos sanos, prestigio, dignidad, orgullo, valores y también una actividad, ir al colegio. Diremos que todas estas cosas mencionadas, que hacen socialmente aceptable a una persona, las fue perdiendo en forma gradual, de grados, o sea entre más grados alcohólicos bebía, más iba perdiendo las cosas y sus cosas, perdiendo a su gente y a las personas hasta quedar completamente solo, sin nada, alcoholizado.

Diremos entonces, que Hernán se rehabilita en el Hospital siquiátrico de Putaendo. Un edificio viejo, de tres pisos, gris y siniestro, sobre todo en invierno cuando el cielo es plomo tirando a negro, suenan los truenos y los rayos azulados caen en forma perpendicular iluminando cual flash el edificio y las figuras deformes de los locos en su eterno deambular. Los pasillos del psiquiátrico son largos, oscuros con puertas a los costados que dan a salas, dormitorios comunes, oficinas, baños, celdas, comedor, sala de televisión. El edificio consta de tres alas. En estas alas se encuentran los pabellones diferenciados por colores, gris, rosado (mujeres), azul, verde (los más rehabilitados).

Nuestro amigo está internado en el pabellón verde. Siente que debe mejorar, siente que debe rehabilitarse, es por eso que aún está ahí ya más de 6 meses. Por eso no huye, no se escapa, por eso no le molestan los locos, no le desagrada estar inserto "en la sociedad de los locos", con sus caras y bocas semi abiertas, con sus ojos extraviados, miradas de acero opaco, miradas de súplica casada, miradas de ira, miradas de pena, con sus cuerpos desformes, sus hombros caídos por los sedantes; el siempre intermitente hilo de baba plateada cayendo por las comisuras de los labios. Hombres y mujeres vestidos de colores, azules, rozados, grises, rojos, rojas, extraviados a nuestro concepto de la vida, deambulando por los largos pasillos de cemento y baldosas brillantes y frías y fríos y oscuros; es por eso que tolera la severidad de los auxiliares, porque piensa que todo debe cambiarse. Se esfuerza en recordar como empezó todo, recorre su pasado, hay lagunas e imágenes claras, recuerda a sus amigos de parranda, siente el impulso de volver con ellos, se controla, siente que está bien ahí. De pronto aparece el funeral de su madre y la pena se apodera de él, el llanto le brota sin represión, se da cuenta que esa pena lo ha acompañado en el tiempo, ahora está consciente.

Luisa, una compañera de pabellón y terapia, que lleva 20 años en el hospital abandonada por su gente, por los cuerdos, por nosotros que nos creemos lúcidos y mejores, le enseñó a tejer bufandas y alfombras de lana. Mientras teje, su mente recorre, divaga, se proyecta y sueña. Teje y cavila,  su pasado se muestra en imágenes, no le gusta la retrospectiva, se deprime.

Hernán ya lleva 8 meses en el psiquiátrico, vive en el tercer piso, última habitación del pabellón verde, donde están los más recuperados, cree que su sufrimiento es menor al de Luisa, Raquel, Manuela, Meche, Alejandro, Pablo, Bich, Vanca, el Turco, todos ellos dejados allí por sus familiares, como un paquete que nunca más se vuelve a buscar. Le inquietan sus miradas endurecidas por el sufrimiento, pero serenas por el tiempo y el acostumbramiento. Toma conciencia por los meses que lleva, de la tragedia de todos esos locos mayores que la suya.

 La rutina del hospital es siempre la misma, levantarse a las 07:00 am, a esa hora mucho de los pacientes caminan de un lugar a otro del pasillo completamente desnudos, sin tapujos ni vergüenzas, mujeres y hombres, formes y deformes, desnudas y desnudos como en el paraíso...es parte de la sociedad de los locos. A todo esto viene la ducha, sacarse el camisón blanco con su estampado H.P. (hospital psiquiátrico), luego pasar al comedor al desayuno, los medicamentos a las 08:30 am, bajando al segundo piso a terapia.

Hernán está en estos momentos en el taller de terapia aprendiendo a trabajar bien. Mientras teje una bufanda azul, recuerda las borracheras, a sus amigos, la casa de uno norte donde "el Mocho", antro de la perdición. El Mocho es el dueño de casa, un viejo solitario y alcohólico que para llenar su soledad se rodea de gente perdida; a él no le importa, prefiere estar perdido y acompañado, que a estar lúcido y solo. Las cosas de la casa las han vendido casi todas, sólo quedan algunos colchones y frazadas, que por inmundas no las vendieron. Los personajes que visitan la casa son varios, caminantes, homosexuales, gente de la ciudad, todos ebrios que para financiar las borracheras salen a pedir, piden dinero, mercadería no perecible y todo lo transforman en vino, vino tinto, vino embriagador, que los pone contentos, conversadores, amigables, tristes, odiosos, peleadores, vino que revive, vino que pierde, vino que mata.

De pronto una sensación poderosa se apropia de su ser, ganas de tomar, de beber, de emborracharse, de perderse, de anestesiar esa tristeza que le palpita y le sale desde el fondo del pecho y sube por la garganta y es de vuelta a su interior tragada con su saliva, ganas de tomar y tristeza, tristeza y ganas de tomar. Deja de trabajar, su mirada queda fija en la bufanda azul, mira a su alrededor, todos trabajan, conversan, nadie lo mira, siente unas ganas inmensas de huir, de correr, de volver a la casa del vicio y de pronto el pinchazo se activa, camina hacia la puerta, sigue por el pasillo que se le hace más largo que nunca, llega a las escaleras, no sabe como las baja. La primera, dobla la segunda, está en la planta baja, las locas y locos deambulan, lo miran, al paso los reconoce, sus caras no le son extrañas, llega a los patios, acelera más el andar; casi corre, sondea el ambiente, sabe que debe evitar a todo hombre o mujer de blanco, se dirige entonces a la antigua portería clausurada, el corazón le palpita a prisa, siente temor de ser descubierto, toma impulso, alcanza la muralla y la salta. Ya está afuera del psiquiátrico, corre, corre, sin parar hasta llegar al paradero del microbús; lo aborda, se sienta al último apegado a la ventanilla, está contento, no le importa volver a beber, no le importa, más no tiene conciencia de todo y por todo lo que ha pasado, una salida, un escape mediático sin importarles las consecuencias.

Al llegar a la casa del vicio, al estar parado afuera de la puerta vacila un momento, luego golpea, le abren, es el Magogo al primero que ve, alcohólico homosexual, amigo de la casa, entra, se arma un gran alboroto al verlo entrar. Todos los saludan, abrazan, le alcanzan un vaso con vino tinto del malo, se lo toma al seco, la ruina continúa, se perpetua, el alcohol baja a su estómago, el hígado lo absorbe, ingresa a la sangre, llega a su cerebro, lo embriaga, aparece su personalidad, su perfil alcohólico. La tomatera sigue, la tomatera no para el absurdo de lo absurdo, no importa, todos están borrachos, uno a uno van cayendo inconscientes por el vino, hígados, cerebros, cuerpos empapados del vino mortal.

Algunos quedaron dormidos donde estaban, los otros atinaron a acostarse. Hernán lo hace en una de las colchonetas de la mediagua que está en el patio. Al lado, en otra colchoneta duerme el Makiver y la Yuma, ambas separadas por cincuenta centímetros, en medio hay una vela encendida ya que la habitación no tiene luz eléctrica. De pronto, alguien dormido gira en si y con una de las manos golpea la vela, ésta rueda prendida hasta alcanzar una de las colchonetas que son de espuma. La pequeña lengua azulada, anaranjada crece en volumen, el humo tóxico plomizo a negro empieza a cubrirlo todo, ellos comienzan a toser, el vino no los deja reaccionar, el humo es cada vez más denso, la tos es más constante, ahora el fuego se ve a través del humo, es grande, es poderoso, está rabioso, se alimenta y crece con las colchonetas, se alimenta con la madera del cuarto y más crece... se alimenta y crece con los cuerpos de la Yuma, el Makiver y Hernán, ya todo es una gran bola de fuego, no se escuchan gritos. Los vecinos llaman a los bomberos, a la policía. Los hombres del fuego echan abajo la puerta y evacuan a los demás borrachos. Ya es demasiado tarde.

"Saldo final, inmueble ubicado en el patio de la vivienda de construcción ligera completamente destruido, en su interior se hallaron tres cuerpos correspondientes a una mujer y dos hombres con el 100% de sus cuerpos calcinados, fueron levantados y trasladados al Servicio Médico Legal por autorización del Señor juez correspondiente al Primer Juzgado del crimen de la ciudad de San Felipe, para su posterior individualización e identificación las causas del hecho se investigan en el mencionado Tribunal. Todas las personas que se encontraban en la casa fueron detenidas".... así quedó estampado el primer informe de la Policía.-

 

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