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El hoyo en la pared

Resumen

EL HOYO EN LA PARED

            El pasto y los arbustos del Club Internacional de Tenis, amanecieron más húmedos que de costumbre esa mañana de Agosto. Sentado en una de las enormes piedras que había a la entrada, estaba el Colorín dibujando círculos en la tierra, con una larga caña de coligüe. Un poco más lejos, el Indio lanzaba piedras con su honda, a una lata de cerveza.

            Frente al portón, el Choclo y el Flaco, se tiraban por lo alto una gorra como si fuera una pelota. Había otro niño en medio de los dos que saltaba y resoplaba, haciendo inútiles esfuerzos por recuperarla.

            -¡Ya pus huevón, dame la gorra, dame la gorra!- gritó el chico, empujando al que se la había quitado.

            El flaco espinilludo la tomó en el aire y en vez de devolvérsela, la tiró lejos, por sobre la reja, cayendo en el canal de regadío que se la llevó dando vueltas como un viejo barco a medio zozobrar.

            -¡Putas que soy maricón!- decía el pequeño, rojo de rabia. Mirando el agua con impotencia, al no poder pasar al otro lado. Furioso, pateó repetidas veces el marco metálico del portón y con sus manos apretó como tenazas los alambres, hasta incrustárselos en los dedos.

            -¡Toma chico, no seai llorón, quédate con la mía!-dijo el flaco golpeándole la espalda y tapándole los ojos con su gorra al ponérsela con la visera hundida hasta la nariz.

            El chico se volvió con los puños apretados con intención de golpearlo, pero se arrepintió al ver una camioneta que se detuvo frente a ellos. Se bajó un señor canoso de movimientos lentos, con un manojo de llaves en una mano.

-¡Buenos días don Roberto!-saludaron a coro los cinco muchachos que esperaban su

llegada. El anciano sólo hizo una venia, abrió la reja y se volvió a su camioneta.

-¡Ustedes dos!- dijo, señalando al Choclo y al Colorín –A preparar las canchas. ¡Y se apuran porque hoy va a venir gente temprano!

            Miró al Indio que estaba al frente suyo y le ordenó: ¿Tú, a cortar leña y a encender la caldera! Se subió a la camioneta, puso en marcha el motor, bajó el vidrio y sin mirar al Chico y al Flaco que afirmaban el portón para que no se cerrara, les gritó: ¡Ustedes a limpiar los baños y a preparar las duchas!

            Aceleró y se detuvo frente a su oficina, en el estacionamiento al lado del casino. Lentamente subió con dificultad los tres peldaños de la terraza. Luego se puso la mano en la frente para darse sombra y como un vigía miró a su alrededor girando lentamente. Después de algunos segundos, finalizada su inspección, se atusó los bigotes y tomándose las solapas con ambas manos entró a la oficina hablando solo y moviendo la cabeza de un lado para otro. Era su rutina acostumbrada.

            Los muchachos lo observaban desde lejos. El Flaco se puso en la misma posición, el Chico lo imitó. Luego se fueron marchando a cumplir sus trabajos, mientras repetían marcando el paso con un escobillón al hombro: -¡un, dos, un, dos, un dos!...-

            Los camarines tenían una hermosa fachada de madera barnizada de color nogal. A ambos lados de la puerta, le hacían marco antiguas enredaderas de perfumadas madreselvas. El sector izquierdo le correspondía a las damas. Era un espacio muy agradable, con grandes espejos, mullidos sillones y arreglos florales. Había dos filas de casilleros pegados a los muros, al medio una larga banca. A la derecha las duchas, al frente los lavamanos y los W.C. Al final las ventanas y una puerta metálica como salida de emergencia.

            -Sabís Flaco, aquí falta una tuerca- dijo el chico, al sentir que se enredaba el trapero que pasaba por la base de la ventana. Nadie le contestó. Al parecer estaba solo. Empujó el perno para que no sobresaliera del muro y éste cayó hacia fuera, dejando entrar un pequeño rayo de sol. Se asustó al principio; luego aplastó su nariz contra la pared y miró por el orificio como si fuera un catalejo. Allí estaba el Indio cortando leña.

            Cruzó los brazos sin soltar el escobillón y apoyó la espalda en el húmedo y frío muro. Con la cabeza tapaba el hoyo en la pared. Se quedó pensando unos instantes y luego se puso a reír maliciosamente.

            Cuando terminó su trabajo, se fue corriendo a la parte trasera del edificio a buscar el perno que casualmente había dejado caer. Lo encontró semienterrado entre la tierra y el pasto. Después de limpiarlo lo puso en su lugar, dejando la cabeza un poco más afuera. El Indio lo miró de reojo y el Chico distrajo su atención ofreciéndose para encender la caldera que les permitía tener agua caliente en los baños. Mientras atizaba los leños, daba furtivas miradas hacia el muro para ver si el perno seguía en su lugar.

El Flaco se encontraba en el camarín de los varones, embarcado en otra diablura.    Con un alambre doblado en la punta, había logrado abrir algunos candados. En el segundo casillero encontró cuatro tarros. Sacó uno con pelotas usadas. Abrió tres casilleros más y sustrajo una pelota nueva de cada uno, reemplazándolas por las usadas que tenía en su poder. Cuidadosamente las puso al final, dejando las nuevas encima para que no se notara el cambio. Eligió el mejor envase que encontró y lo cambió por el que tenía. Así completó un juego de tres pelotas nuevas y un tarro también nuevo. Envuelto en una toalla lo dejó escondido en un rincón del cuarto del aseo, entre escobillones y traperos.

            El Choclo regó las canchas. Luego trajo ladrillo molido en una bolsa y fue emparejando la arcilla hasta borrar totalmente las huellas dejadas en los partidos del día anterior. El Colorín, con gran esfuerzo, puso sobre sus hombros la pesada red enrollada en forma de un gran ovillo. Caminó tambaleándose hasta dejarla caer junto a uno de los pequeños postes que hay en cada lado de las canchas. Amarró el extremo en el eje de fierro que éstos tienen en su parte superior. Después caminó en dirección opuesta haciendo rodar la red, hasta que el ovillo desapareció dejando a la vista la otra punta de la cuerda. La fijó en la roldana y empezó a girar la manivela. A medida que se enrollaba, la red iba subiendo, hasta quedar ambos extremos en un mismo nivel. De esta forma, la cancha quedaba dividida en dos partes iguales.

            Luego, los muchachos tomaron la larga y angosta canoa que les servía para dibujar en la superficie arcillosa recién regada. Mientras uno la afirmaba, el otro espolvoreaba, con pequeños golpes entre las dos tablas, un tarro lleno de tiza, que tenía su tapa agujereada como una ducha. De esta forma, poco a poco, iban apareciendo las delgadas líneas blancas que marcaban las diversas zonas de juego.

            Al terminar su trabajo, tenían los dedos y las mejillas cubiertas de polvo de colores rojo y blanco. El sudor corría por sus frentes y el frío había desaparecido de sus adoloridas y amoratadas manos.

            Después de guardar sus implementos en la bodega, se lavaron a medias, terminando de asearse con la toalla. Luego se pusieron los cortavientos con el logo del Club, tomaron sus gorras y se dirigieron a desayunar al casino. Recién se dieron cuenta que tenían hambre y sed, cuando vieron al Flaco que terminaba de beber una humeante taza de café con leche.

           El Chico mientras tanto, estaba parado inmóvil frente a la ventana, contemplando a una pareja de picaflores que subían y bajaban frente a las floridas enredaderas.

Don Pedro, el administrador, llegó a las 9 en punto. Siempre estaba apurado y con apariencia de estar enojado.

            Desde la puerta los miró a todos, luego los llamó golpeando las manos y los muchachos hicieron un semicírculo frente a él. Los observó de pies a cabeza, para ver si estaban bien presentados.

            -¡Súbete el cierre!-ordenó a uno. -¡Qué tenís en los bolsillos que se te ven tan grandes?-preguntó a otro. -¿Qué pasó que estás sin gorra?-le dijo finalmente al Flaco.

            -Se me quedó en la casa-le contestó, sin pestañear y sin desviar la vista con un cierto aire de desafío.

            Don Pedro le dijo a la Teresita:-Dele otra gorra a este pajarón.

            La niña que atendía la caja del casino y la mini tienda de artículos deportivos, abrió la vitrina y cumplió lo pedido. -¿A quién se la anoto don Pedro?- preguntó la muchacha tomando un lápiz y el Libro de Control Interno.

            -Se la vamos a descontar a él para que no se le vuelva a olvidar- contestó el Administrador mirando su reloj.

            El Flaco se puso la gorra nueva murmurando insultos entre dientes, mientras daba una mirada al Chico que tenía su gorra.

            -¡Bueno muchachos, a trabajar! Veo que ya están llegando algunos autos- dijo don Pedro, abriendo la puerta.

            Teresita anotó: Luis Sandoval, una gorra, por orden del señor Peñaloza. Agregó el precio, la fecha, puso su media firma y guardó el Libro en la caja de fondos.

            Los jugadores venían de a dos, de a tres. Un socio llegó en moto con una colegiala. Se empezaron a formar las parejas y como les faltaba uno, invitaron al “pasa pelotas” que estaba libre, para completar el equipo.

            Don Roberto observaba desde la terraza, todo lo que sucedía en la cancha. Al ver que uno de sus pequeños empleados tomaba la raqueta y se paraba tras la red de igual a igual con los mayores, le golpeó el brazo con el codo al administrador, haciéndole el siguiente comentario:

            -Esos pelusitas que usted ve pasando pelotas, por su trabajo y entrenamiento a diario, tienen mayor resistencia y rapidez que las personas que vienen a jugar ocasionalmente. En muchos casos llegan a convertirse en excelentes tenistas profesionales. Otros prefieren trabajar como entrenadores que contratan los hoteles de lujo y los diversos clubes de la capital.

            Yo me recuerdo que a uno de nuestros muchachos se lo llevó una gringa para los Estados Unidos. ¿Cómo se llamaba este niño? Una vez para Navidad nos mandó una postal.

Después nunca más supimos de él. Dios quiera que le haya ido bien.

            -Permiso don Roberto, vuelvo al tiro- dijo don Pedro. Y bajando de un salto los peldaños, corrió a cerrar la compuerta del canal de regadío para evitar que el agua inundara los jardines.

            El anciano, una vez más se quedó solo con sus recuerdos, pensando en su hija que vivía en Inglaterra. –Ella empezó en el frontón igual que estas jovencitas que ahora se inician con tanto entusiasmo- le dijo al viento, hablando a media voz. Se sentía emocionado y como una sombra casi sin darse cuenta, empezó a caminar hacia ese sector del Club.

            Curiosamente el Frontón es el lugar preferido por las damas. Allí nadie gana ni pierde, simplemente se juega. Se corre constantemente, a distintas velocidades. Los jugadores avanzan, retroceden, saltan de un lado a otro sin parar. Hasta que el cansancio detiene inexorablemente ese alocado y frenético ejercicio sin principio ni fin.

            Cerca del mediodía, el Chico fue voluntariamente a vigilar las calderas. Renovó los troncos, cortó más leña y sacó un poco de ceniza acumulada para que el fuego tuviera más tiraje.

            Cuando empezaron a entrar las primeras damas a los camarines, miró de un lado a otro. Al comprobar que no había nadie, corrió hasta el muro del fondo. Se ocultó entre los arbustos y se quedó inmóvil unos instantes. Su corazón nunca había latido tan aprisa. Tratando de no hacer ruido, sacó el perno que había puesto apenas esa mañana. Miró hacia adentro y tal como lo había imaginado, vio a las jovencitas desvestirse para ducharse. A la mayoría las conocía por ser socias del Club, pero nunca soñó que algún día podría verlas completamente desnudas. Acariciaba con la mirada los fugaces cuerpos. Quedando grabadas para siempre esas imágenes en su retina, en su cerebro y en su corazón.

            Sentía la respiración cada vez más agitada hasta convertirse casi en un jadeo. Un ligero y placentero temblor empezó a recorrerlo. Trataba de controlarse sin conseguirlo, mientras sus dedos buscaban torpemente el cierre de su pantalón.

De pronto, el cielo se cubrió de negros nubarrones, obligando a suspender los partidos. Los jugadores rápidamente se empezaron a retirar del Club, casi en forma simultánea.

            Teresita apagó las luces del casino, mientras el Flaco, el Chico y el Indio caminaban alegremente hacia la Estación Central.

            Don Pedro empezó a remover la tierra húmeda del jardín con una horqueta.

            El Colorín cantaba bajo el agua caliente de la ducha, parecía que el cansancio se había ido con la espuma del jabón.

            El Choclo, se miraba con aire de conquistador en el espejo, mientras mojaba sus cabellos con abundante agua de colonia, antes de peinarse.

            Más allá de los rosales, en medio de grandes árboles, había una antigua casona que servía de residencia al personal. Allí vivía Jaime, un muchacho que realizaba labores menores y también ayudaba en los trabajos de oficina; Juanita a cargo de la cocina y la lavandería; don Manolo, hombre de grandes bigotes y pocas palabras. Siempre andaba armado, ya que por sus funciones de cuidador y nochero tenía permiso para portar armas. También compartía esa casona don Pedro, quien además de administrador tenía a su cargo el mantenimiento de los jardines.

            El Colorín estaba saliendo de la ducha, cuando se sintieron fuertes golpes en el portón.

            El Choclo abrió de inmediato y se encontró con la cara llorosa de la Juanita.

            Ella fue a pedir ayuda a los muchachos, porque su gato regalón se había subido a la torre de los estanques y ahora el pobre no se podía bajar. Sus lastimeros maullidos se escuchaban cada vez más fuertes.

            El Choclo anudó los cordones de sus zapatillas y luego, haciendo gala de su excelente estado atlético, subió rápidamente por el centro de la torre hasta llegar casi al tope donde estaba el minino. Estiró la mano llamándolo, pero éste saltó a la plataforma donde se encontraba la gata que lo había impulsado a subir tan alto. El muchacho subió también y se quedó asombrado de lo que veía. Casi pegada a la torre, a los costados y por detrás de los estanques, habían unas pequeñas ventanitas cubiertas con unas delgadas mallas plásticas de color verde.        Servían para aumentar la ventilación y dar mayor claridad a la parte superior del muro de la Fábrica de Conservas que existía vecina al Club. Frente a ellas pasaba una polea que transportaba los tarros hasta la sección etiquetas.

            Como ya no los llamaban, los gatos dejaron de trepar. Maullaron un par de veces, luego se estiraron mirando al cielo. Abrieron los pequeños dedos y con sus garras extendidas rasguñaron repetidas veces la madera, como dejando constancia de su presencia. Después de mirarlo fijamente, se acercaron al niño sin demostrar ningún temor, frotándose cariñosamente en sus tobillos. El Choclo los tomó cuidadosamente y los puso en su pecho, subió un poco el cierre de su parka, e inició el descenso con mucha seguridad.

            -¡Muchas gracias Ramoncito!- dijo la Juanita dándole un cariñoso beso en la mejilla, él se puso colorado y sonriendo le pasó los gatitos.

            Al sacudirse la ropa, descubrió que sin darse cuenta, se había enterrado algunas astillas en la palma de la mano. Al parecer eran grandes, porque en la base de los dedos tenía unas pequeñas gotas de sangre.

            -Vamos pa´la casa y se las saco- invitó la joven tomándolo del brazo.

            Con una aguja se las sacó una por una. Luego le apretó los dedos para que saliera un poco de sangre y no se le infectara.

-¿Qué estai haciendo aquí?- preguntó don Pedro entrando con la horqueta en la mano. - Se enterró unas astillas cuando sacó al minino que no se podía bajar de la torre-

contestó la muchacha.

            -Ya me iba don Pedro. ¡Muchas gracias Juanita!- dijo el Choclo. Su pelo rubio, largo y lacio, había caído como un velo a los costados de la cara, dándole una curiosa y divertida apariencia. Esbozó una sonrisa mostrando sus dientes grandes y amarillentos. Hizo una venia, se arregló el pelo con los dedos y se alejó rápidamente con las manos en los bolsillos.

            El viejo se quedó mirándolo y dijo, como si hubiese hecho un gran descubrimiento:    -Ahora sé por qué le dicen “cabeza de choclo”. Riéndose sacudió los bototos en el suelo para quitarles el barro. Una araña bajaba por la puerta. Con un golpe de puño puso fin a su marcha. Se lavó las manos en la llave del jardín. Entró a la casa y mirando a la mujer que estaba cocinando le dijo:

            -Juanita, no lo tome a mal, pero no quiero ver más a ese joven por aquí. ¿Me entendió?

            -Espérenme un ratito, vuelvo al tiro- dijo el Flaco, entrando a una librería. Fue directo al fondo del mesón donde estaba la caja. Abrió su parka y sacó un flamante tarro con pelotas de tenis. Se la pasó a una joven que estaba al lado del cajero. Ella lo abrió y revisó su contenido. Regatearon un poco, sonriendo le hizo algunas preguntas. Al final el muchacho recibió su dinero y salió rápidamente del local.

            Sus amigos no se dieron cuenta de la operación que había hecho el Flaco. Estaban fascinados contemplando las vitrinas multicolores, llenas de hermosos juguetes a cuerda.

            -¡Ya cabros, estamos listos!- les dijo tomándolos de los hombros y alejándose del lugar.     -¿Tienen hambre? ¡Vamos al frente a comer pan amasado con arrollado sureño!

            Cruzaron la calle y llegaron hasta una fila de hombres y mujeres uniformados con delantales blancos. En unos pequeños pisos plegables ponían sus canastos y ofrecían toda clase de comestibles.

            -¿Quieren ponerle pebre chiquillos?- preguntó la vendedora. -¿No estará muy picante?- le dijo el Indio, mientras sacaba la cucharita con ají para untar su pan.

            Después de tragar el primer trozo, el Chico registró sus bolsillos. Las propinas habían estado buenas para él. -¡Yo pongo el trago!- dijo y se dirigieron a una botillería que había en un pasaje mal iluminado, a un costado de la Estación. Compraron dos litros de vino “navegado” en botellas de Coca Cola. Luego buscaron un lugar tranquilo donde poder disfrutar del placer de compartir el pan y el vino.

            Caminaron dos cuadras por el bandejón central de la Alameda y se cobijaron finalmente bajo un inmenso árbol de largas y frondosas ramas.      Al poco rato, del pan solo quedaban migajas y las botellas estaban semi vacías. Entonces, el Indio compartió sus cigarrillos con un cierto aire de solemnidad. Aspiraron profundo y terminaron de beber en silencio.

            Acostados cara al cielo, se quedaron maravillados al ver aparecer las primeras estrellas.

            -¡Cuando uno tiene tan buenos amigos no se necesita mucha plata para ser feliz!- dijo el Chico con voz ligeramente traposa por el alcohol.

La lluvia temprana presagiaba un mal día para las actividades deportivas. Sólo había una cancha techada y era de baldosas. Por lo tanto, tenían que olvidarse de las propinas.

            Don Roberto había amanecido con un ligero malestar al pecho y había decidido quedarse en cama esa mañana.

            El administrador reunió a los muchachos y distribuyó las diversas labores a realizar mientras mejoraba el tiempo. El Chico y el Indio debían revisar el tejido de las redes para repararlas antes que se rompieran.     Mandó al Choclo al casino a limpiar vidrios y muebles. El Flaco tuvo que ir a la leñera a cortar troncos. Al Colorín, le correspondió trabajar en el invernadero. Tenía que separar las plantas por especies, dejándolas en bolsas de plásticos que llenaba luego con tierra de hojas y abonos. Así quedaban listas para ser plantadas por el jardinero.

En la hora de colación, el Colorín trepó por la torre, hasta quedar frente a las ventanitas de la Fábrica de Conservas. Apoyado en los estanques, vio pasar los tarros que le había comentado el Choclo la tarde anterior. Cuidadosamente cortó el plástico con un cortaplumas, dejando las rejillas sujetas solamente por la parte superior.             Al acercarse al muro, un dulce aroma a frutas le hizo cosquillas en la nariz.

            La fábrica era inmensa, el espacio superior estaba ocupado principalmente por una gran cantidad de poleas que transportaban largas filas de tarros de deliciosas conservas de exportación. Al estar semioculto entre los estanques, se sintió seguro. Era casi imposible que alguien lo descubriera. No lo pensó dos veces y metió la mano bajo la rejilla, estirando los dedos sucios de tierra y traspiración. Rápidamente y con gran seguridad, cogió su presa con la velocidad de un camaleón. Repitió con éxito esta maniobra, una y otra vez. Las conservas ahora hacían filas en la plataforma, a los pies del Colorín.

            Cometida su fechoría, descendió feliz de la torre, dejando el preciado botín oculto en lo alto. Al atardecer subiría a buscarlo, para repartirlo en partes iguales con el Choclo, convertido ahora en su mejor amigo.

            Cuando el Colorín bajaba de la torre, vio a tres autos que entraban por el portón principal. Era el seleccionado femenino del Liceo San Francisco de Asís, que en representación de la ciudad de Valdivia, finalizaba su preparación para participar en el Campeonato de Colegios Católicos que anualmente se realizaba en la capital.

            Se suspendieron las labores que se estaban efectuando y rápidamente todo volvió a ser como el día anterior.

            -Esta no me la pierdo- dijo el Chico mirando a las muchachas una por una, a medida que iban descendiendo de los autos. Fijando su vista principalmente en la rubia entrenadora que lucía una ajustada polera, haciendo resaltar, en forma muy generosa, su desarrollado busto.

            Se ofreció para hacerse cargo de la caldera, lo que fue muy bien recibido por sus compañeros. Era una labor que todos trataban de evitar porque se trabajaba muy duro y no había ninguna posibilidad de recibir propinas.

            En cuanto entraron las niñas al camarín, sacó el perno que tapaba el hoyo en la pared.

            A los pocos instantes vio a las chicas valdivianas desvestidas, sacándose sus uniformes y poniéndose las zapatillas, cintillos, muñequeras y demás implementos con que completaban sus tenidas deportivas.

            El muchacho se sentía inmensamente feliz.

            ¡Nunca compartiría su secreto con nadie!

            El jardinero pasó cerca, llevando al sector de los rosales las nuevas plantas que habían sido seleccionadas hacía pocos instantes.

            La carretilla recién engrasada, no hacía ningún ruido. El Chico no se percató de su presencia. El maestro lo vio apoyado en el muro y siguió de largo. Luego se detuvo y miró hacia atrás. Pensó que el niño se sentía mal y se acercó para ayudarlo.

            Al darse cuenta de lo que realmente sucedía, se dirigió directamente a la oficina del administrador.

            -Don Pedro, no sé por qué me parece que el Chico está haciendo cosas malas detrás de los camarines. Sería bueno que lo viera usted mismo- le dijo en voz baja. Después de esto, tomó la carretilla y rápidamente se alejó del lugar.

            El viejo se paró frunciendo el ceño. Apretó un poco el cinturón, ajustándose los pantalones. Tosió con carraspera y salió en dirección a la leñera. No se podía imaginar con lo que se iba a encontrar. Tampoco le preocupaba en lo más mínimo. Creía estar preparado para enfrentar cualquier problema que le causaran los “cinco diablillos”, como les decía don Roberto.

            Cruzó rápido el sendero que conducía a los camarines bordeando las canchas. Pasó el cerco de arbustos y llegó a la base de la torre, cerca de la caldera. Allí estaba el Chico cortando leña con gran entusiasmo.

            -¿Alguna novedad por estos lados?- preguntó, con cierta innecesaria prepotencia.

            -Ninguna don Pedro. Todo está bien. ¡Muy bien!- fue la respuesta. Y sin mirarlo, dio un fuerte hachazo, partiendo en dos el trozo de leña que recién había puesto para cortar.

            El administrador se sintió incómodo, miró a todos lados cuidadosamente, sin saber a ciencia cierta lo que buscaba. Se quedó mirándolo un rato en silencio, se rascó la cabeza y luego le dijo, como si tomara una importante decisión: -Parece que será mejor que te vayas a pasar pelotas a las canchas. Así te tengo más a la vista- finalizó. Luego se puso la gorra con el logo del club, media inclinada en la frente y se retiró del lugar molesto con el jardinero.

            Después de casi tres horas de saques, boleas, remaches, juegos de fondo, etc., las muchachas sudorosas y agotadas, se dirigieron a las duchas.

-¡Puchas que es linda la Karen!- suspiró el Chico, contemplando a la bella entrenadora.

Ella se sacó la polera y el sostén y luego con una toalla se secó la transpiración de la cara y el cuello. A medida que se desvestía, el niño iba descubriendo las pecas de su piel. Sentada en la banca se quitó sin prisa el resto de sus ropas empapadas de sudor. Pasó finalmente la toalla por el abdomen y las piernas, luego la dejó en la banca y se dirigió a refrescarse en la tibia ducha.

            El niño, con su cara pegada al muro, acarició con ávida mirada el busto, los muslos y se detuvo con placer en el sedoso pubis. Tal como lo había imaginado tantas veces: la joven alemana ¡era completamente rubia, de pies a cabeza! ¡Y sólo él lo sabía! ¡Ah, que ricas son las mujeres!

            La casualidad quiso que a través del hoyo en la pared, pudiera contemplar ese maravilloso mundo que es el cuerpo desnudo de una mujer. Todos con una hermosura diferente. Todos llenos de misterios por descubrir. Todos capaces de justificar nuestra mortal existencia.

-¡¿Qué estai haciendo ahí chiquillo e´mierda?!- gritó el viejo, dándole una fuerte patada al desprevenido muchacho.

            Su cara se estrelló contra el muro como una sandía madura. Sintió un mareador y doloroso zumbido en los oídos. Como se había desabrochado la correa, su pantalón cayó sin que atinara a sujetarlo. Las lágrimas saltaron mezclándose con los mocos y la sangre que brotaba de sus narices.

            Se volvió con los puños apretados para enfrentar a su agresor. En su frente, tenía un mechón de pelo empapado de sangre.

            Don Pedro retrocedió espantado, creyendo revivir una pesadilla.

            Lo que vio fue su propia cara de niño, sollozando y sangrando por el rebencazo que le había dado el capataz, quebrándole la nariz, al sorprenderlo robando pan en la cocina del fundo, allá en su lejano Purén.

            Al Indio le habían dicho que fuera a relevar al Chico en la caldera. De mala gana, primero guardó la red de la cancha que estaba a su cargo y posteriormente se dirigió a cumplir la orden. No sabía que estaba pasando, pero se estremeció al ver a su compañero con el rostro cubierto de sangre. Humillado, tambaleándose ante su jefe, con los pantalones abajo.         Sin pensarlo sacó su honda y lanzó una piedra a la cabeza del administrador. Con la velocidad de una flecha apenas rozó su nariz, pero fue suficiente para arrancarle un pedazo de piel y hacerlo sangrar abundantemente.

            El viejo se sentía turbado por los recuerdos y arrepentido por la violencia con que había actuado frente al muchacho.

            Trataba inútilmente de justificar su castigo preguntándose: ¿qué pasaría si alguien se enteraba que eran observados en su intimidad y demandaba al Club?.

Don Roberto lo había nombrado administrador y era su responsabilidad mantener la disciplina.

            La confusión llegó al extremo, cuando vio pasar por su cerebro, como una película rebobinada, su vida entera. Revivió sus fracasos, alegrías, sueños y frustraciones. Al recibir el golpe en la nariz, curiosamente casi no se dio cuenta de la herida. Sintió otro dolor, muy agudo, intenso y profundo como un hachazo. Como si su alma le estallara en mil pedazos. Medio adormecido, se llevó la mano a la boca, luego al pecho. Le pareció que sus pies no tocaban la tierra. Emitió un quejido sordo y se desplomó. La cabeza quedó incrustada en la base de la torre.

            Su cansado corazón ¡no soportó el infarto! Como un árbol seco, fulminado por un rayo, violentamente se extinguió su vida.

-Muchas gracias Millahual- le dijo el niño a su amigo, que tan oportunamente lo había socorrido. Arregló sus ropas y se dirigieron a la enfermería que estaba al lado del casino.

            Teresita rápidamente detuvo la hemorragia con algodones empapados en agua oxigenada.

            -¿Qué le pasó Jorgito?- preguntó, mientras limpiaba cuidadosamente su cara.

            El Indio, sin mirar al herido, le dijo: Me parece que se golpeó cortando palos en la leñera. Está muy mareado. Será mejor que lo acompañe a la posta.

            En seguida lo ayudó a pararse tomándolo del codo y rápidamente salieron por la puerta lateral. No querían encontrarse de nuevo con el viejo.

            -¿Sabís que más Chico? ¡No vuelvo más a esta cagá de Club- dijo, cerrando con un fuerte golpe la puerta metálica. La malla de alambre se estremeció y quedo vibrando algunos segundos.

            -Juanita, mire el regalito que le traigo- dijo don Manolo, pasándole una bolsa con dos conejos descuerados, listos para la olla.

            -¡Tremendo regalo! ¿Por qué no me dice que se los cocine mejor? No ve que yo soy del campo pero no de las chacras- y riéndose los puso bajo un chorro de agua tibia, mientras buscaba una cacerola grande, entre las ollas. Al poco rato, salía desde la cocina un delicioso olor a conejo escabechado.

            La Juanita puso un poco de leche en un pocillo y empezó a llamar al minino. Luego salió a mirarlo alrededor de la casa, sin que apareciera por ningún lado.

            -Seguro que se subió a la torre de nuevo- pensó, y con paso rápido fue a buscarlo a la leñera.

            El gatito se encontraba en la plataforma, junto a la coqueta y esquiva compañera, que cada vez lo hacía alejarse más de la casa.

            -¡Minino…, Minino…Minino!… ¡Cuchito…, Cuchito…, Cuchito…-llamaba la muchacha, sin tener respuesta. Ya estaba oscuro en ese sector, pero ella avanzó confiada. Conocía el camino de memoria.

            Don Manolo se había sacado los zapatos y la camisa. Le gustaba usar camisetas una talla más pequeña, para hacer resaltar los músculos de los brazos y dorsales. Después de hacer algunas flexiones, se recostó en el sofá a escuchar las noticias. Cerró los ojos para descansar un poco mientras esperaba la comida.

            De pronto se enderezó. Se quitó los audífonos y se quedó estático escuchando atentamente. ¡No había dudas! Los gritos que sentía eran de la Juanita.

            Con el revólver en la mano y los zapatos desabrochados, salió corriendo hacia el lugar donde estaba la muchacha. Cerca de los arbustos, disparó al aire dos veces, por precaución. La joven corrió hacia él gritando histérica.

            Los gatos asustados saltaron desde el extremo de la plataforma a la base de los estanques, dejando caer sobre el cuerpo sin vida de don Pedro, los tarros de conservas que había robado el Colorín.

-¡Ya mijita, cálmese! Cuénteme, ¿qué le pasó?- preguntó el guardia a la temblorosa muchacha, mientras la abrazaba, acariciándole tiernamente sus cabellos, sin soltar el arma.

            Juanita escondió la cara en su pecho y lo abrazó sollozando, sin poder decirle nada. Estaba pálida y su transpiración era muy helada.

            Con un débil gemido inclinó su cabeza y se desmayó aferrada a sus protectores brazos.

            Desde la cocina, una negra columna de humo presagiaba que esa noche, no habría cena para don Manolo.

            -¿Les sirvo más cafecito?- preguntó Juanita a los dos carabineros que conversaban en el living.

            Eran más de las tres de la madrugada y recién se estaba recuperando del violento shock que la dejó sin habla por más de una hora.

            Al amanecer, un sol radiante se asomó curioso, cuando llegaron los detectives de la Brigada de Homicidios. Rápidamente acordonaron el sector donde había ocurrido la tragedia y ordenaron que por ese día, el Club debería cerrar sus puertas.

            Con dos cámaras distintas, fotografiaron primero los planos y algunas panorámicas, de la caldera, la torre y el muro posterior de los camarines. Lo mismo hicieron con el occiso.

            Cumplidas estas primeras diligencias, taparon su cuerpo con un plástico de color celeste.

            A simple vista, los numerosos tarros de conserva que rodeaban el cadáver, mostraban claras huellas digitales. Los detectives, los tomaron cuidadosamente con guantes, uno por uno y los fueron guardando como evidencias, en bolsas individuales previamente numeradas, que luego sellaron.

            Cerca de una hora más tarde, casi en caravana, llegó un radiopatrullas, un furgón, un auto del Juzgado del Crimen y una ambulancia. Los policías se desplazaron de un lugar a otro tomando notas y conversando entre ellos.             Midieron la distancia entre los camarines y la torre. Pidieron la nómina del personal, más los nombres y direcciones de las últimas personas que habían trabajado en el Club.

            Sin consultar a nadie, habilitaron la oficina de don Roberto para uso exclusivo de la policía. Sacaron los trofeos que estaban en un extremo del escritorio y los pusieron encima de un estante bajo la foto de su hija. En realidad, más que una foto, era un póster gigante, que la mostraba ganadora de algún campeonato europeo. En sus manos tenía una copa labrada de color dorado. Sonreía con extrema felicidad y curiosamente sus ojos celestes, parecían seguir a quienes lo miraban.

            El personal estaba en el casino. Algunos se paseaban fumando, de un lugar a otro. Las damas se agrupaban alrededor de la chimenea, haciendo mil conjeturas para explicarse lo que había sucedido.

            La primera en ser interrogada fue Juanita, la cocinera.

            -Cuéntenos ¿qué estaba haciendo usted, cuando encontró el cadáver?- dijo el detective que estaba apoyado en un costado del escritorio.

            -Yo salí a buscar al gatito que, al parecer se había subido a la torre de los estanques de agua- dijo la muchacha, con voz ligeramente temblorosa.

            Se quedó en silencio algunos segundos, como para ordenar sus recuerdos, finalmente tragó saliva y continuó. –Al pasar cerca de los arbustos, como ya estaba oscuro, me tropecé con un bulto y me caí. Sentí que me había ensuciado las manos con algo como pegajoso. Cuando me enderecé, vi la cara de don Pedro toda llena de sangre. Tenía los ojos ¡así de abiertos! Y parecía que estaba pidiendo auxilio. Pero ya estaba tieso, no… no se movía.       Salí arrancando desesperada. Gritaba, pero yo no me podía escuchar. Parecía que me había quedado sorda. Traté de limpiarme las manos con el delantal y como estaba tiritando no podía.         En eso veo que venía un hombre hacia mí corriendo y disparando. Me asusté tanto, que me desmayé. Eso es todo lo que me acuerdo.

            Después de este relato, se puso a llorar. Le pasaron un vaso de agua y cuando se tranquilizó un poco, le dijeron que no se preocupara y que esperara afuera.

            Enseguida llamaron a don Manolo. Su interrogatorio fue en un tono más severo, como tratando de que cayera en contradicciones.

            Muy seguro al comienzo, luego se fue poniendo nervioso y preguntó si podía fumar.

            Tuvo que dar detalladas explicaciones, una y otra vez, para justificar bajo que circunstancias “se vio obligado a hacer uso de su arma”. El revólver, que aún olía a pólvora, fue confiscado junto con las dos vainas vacías y las cuatro balas restantes que estaban en la nuez.

            Los interrogatorios continuaron con Teresa.

            A pesar de estar peinada, ella se arregló el cabello con un cepillo y, antes de entrar, pidió permiso para ir al baño. Se veía muy pálida y su labio inferior temblaba a ratos, impidiéndole hablar con fluidez.

            Un detective gordito y pecoso, le acomodó la silla y le dijo en tono muy amable:

            -No se preocupe, cálmese, relájese, respire profundo y trate de decirnos todo lo que sabe acerca del finado. Queremos que nos diga desde cuando lo conocía, si tenía alguna amante o si cree que en el Club hay algunas personas que usted pudiera considerar sus enemigos.

            Teresa se quedó sorprendida al darse cuenta que su jefe era un perfecto desconocido para ella. De su vida privada, no sabía absolutamente nada.

            La dama que estaba afuera con los detectives, se puso los lentes para el sol, miró su reloj, guardó una agenda en la cartera y después de despedirse se dirigió a su automóvil. Cuando se hubo alejado, se acercó la ambulancia hacia la torre y el cadáver fue trasladado al Instituto Médico Legal.

            El furgón policial se estacionó junto a la entrada del casino. Se bajaron dos carabineros y abrieron las puertas traseras. Esto produjo gran inquietud entre el personal que estaba siendo interrogado.

            Las declaraciones del junior no aportaron mayores antecedentes al principio. Pero cuando ya estaba por retirarse, recordó haber visto en la enfermería al Chico y al Indio.

            -Uno estaba sangrando y la Teresita los estaba atendiendo    -dijo. Los dos detectives se miraron simultáneamente, con satisfacción y, casi al unísono, llamaron de nuevo a la joven, para efectuar un careo con Jaime.

            Al parecer el último trámite sería en el muro manchado con sangre. Lo observaron de arriba abajo, lo fotografiaron a distancia completo y en detalle. Una y otra vez lo examinaron con lupa por todas partes. Con unas pinzas cogieron cuidadosamente algunos cabellos que descubrieron pegados cerca del marco de la ventana. Utilizando una pequeña espátula sacaron un pedazo de pintura en forma de hoja, ya que se estaba descascarando. En el centro tenía unas gotas de sangre ligeramente espesa, al parecer fresca.

            Finalmente, guardaron todo en unas cajas metálicas. Antes de partir, intercambiaron algunas señas con los detectives que estaban haciendo los interrogatorios. Luego se fueron tan rápidos y silenciosos como habían llegado.

            La policía seguiría investigando para descubrir a presuntos autores, cómplices o encubridores. Pero, aún teniéndolo tan cerca, sin saberlo, nunca encontrarían y menos aún podrían detener al verdadero culpable de esta tragedia. Porque, después de algunas horas de haber salido el sol, al secarse un coágulo de sangre, se selló herméticamente y para siempre, EL HOYO EN LA PARED…

            El informe del médico forense confirmó que la muerte de don Pedro se debió a un infarto fulminante.

            Don Roberto se sintió muy aliviado con el fin de este triste episodio. Sin embargo, encontró prudente suspender las actividades deportivas por algún tiempo.

            Después de cancelar los sueldos, más generosas indemnizaciones, cerró el Club por un mes. Oficialmente se dijo: “Por reparaciones”. Y en parte eso era verdad.

            La torre con los estanques de agua fue cambiada de lugar, alejándola del muro de la fábrica, “para evitar tentaciones”.

            Se construyó en su lugar, una hermosa pileta con nenúfares y flores de loto.

            Algunas veces al atardecer, se podían ver bajo las hojas, unos pequeños peces dorados, sin que nadie supiera de donde salieron ni quien los alimentaba.

            La leñera se trasladó a un costado de los camarines eliminando el cerco de ligustrinas.

            El Chico nunca reveló su secreto. Juró que al ir corriendo tropezó con un tronco, cayendo de bruces contra la muralla.

            El Indio nunca preguntó nada. Por lo tanto nada podría declarar. Solo dijo que esa tarde encontró a su compañero herido, ayudándole a llegar hasta la enfermería, para recibir los primeros auxilios.

            El muro “pecador”, cómplice y culpable, permaneció algún tiempo manchado de sangre.

            Al terminar la investigación, fue estucado y pintado de alegres colores, para borrar todo mal recuerdo.

            Finalizado los trabajos, el anciano viajó a Londres a ver a su hija y a conocer a sus nietos. Nunca supe si algún día regresó al país.

            En cuanto a lo que sucedió con las vidas de los cinco pelusitas, de Teresa, de Juanita, de Don Manolo y de los demás personajes de este cuento, les diré que…esas…

            ¡Esas… son otras historias!...

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