Ultimos Comentarios

Luis Cerda Herrera

Luis Cerda Herrera

10. Abril, 2015 |

Comparto tus versos, la liberta es como el aire que respiramos

Saludos

sergio silva

sergio silva

22. Febrero, 2015 |

Juan cuevas Quevedo, es este tu correo? si es así espero tu respuesta. Fraternalmente, Sergio silva.

Arsenio Aguilera

Arsenio Aguilera

22. Enero, 2015 |

Hermosa poesía que refleja lo vivido abordo de la embajadora de los mares. Felicitaciones por ese maravilloso talento. Un ex-marino y...

Eugenio

06. Agosto, 2014 |

muy buenos tus poemas, te felicito compadre, aun tengo recuerdos de cuando nos reiamos juntos a otros funcionarios del S.A.G y la...

manuela rodriguez

manuela rodriguez

06. Enero, 2014 |

Señor marcelino, hermosos sus poemas ,muchas gracias por ayudarnos a encontrar un hotel y personas como ud necesita este mundo Dios lo...

Bandolero

12 Noviembre 2016

BANDOLERO

No sé que me detuvo frente a esa vitrina. No podía moverme. ¡Me sentía como clavado al suelo! Todo lo que me rodeaba desapareció y sólo veía con ojos encandilados, esos dos revólveres plateados, enfundados en unas hermosas cartucheras, unidas por un cinturón de cuero, con una gran hebilla que tenía la forma de una cabeza de buey.

Me dormí pensando en esa vitrina. Cada día rogaba a Dios que no las vendieran hasta que yo pudiera ir a comprarlas.

Faltaban pocos días para Navidad. Sabía muy bien que, a pesar de haber sido el primero del curso, no tendría más juguetes que un avioncito de plástico o un caballito de palo.

En casa no podían regalarme los soldaditos de plomo, el tren eléctrico, los patines o la bicicleta que tenían los demás niños del barrio.

El brillo de aquellos revólveres se convirtió en una angustiosa obsesión. Una idea fija que no podía borrar.

Tres días después, abrí un cajón de la máquina de coser buscando un pañuelo. Sentí algo así como una descarga eléctrica que me hizo temblar de incredulidad. Cerré el cajón y casi de inmediato lo abrí de nuevo lentamente. ¡No eran ilusiones! Ante mis ojos, había un montón de billetes de cien pesos. Con uno solo bastaba para cumplir mis sueños, ya que el cinturón con cartucheras y revólveres, apenas costaba ochenta pesos. ¡Dios me había escuchado! No lo pensé dos veces. Me confundí entre el miedo y la alegría. Sensaciones extrañas que experimentaba por primera vez.

Esa tarde fui el héroe de mis juegos infantiles. Con mucha destreza, las armas justicieras fueron desenfundadas y disparadas incontables veces por el Zorro, El Llanero Solitario, Roy Roger, etc.

Era la envidia de los muchachos del barrio, a quienes conquisté definitivamente al invitarlos a tomar bebidas y a comer pasteles, antes de irnos a casa.

Ellos estaban sorprendidos y no entendían como un niño tan pobre como yo, pudiera tener esos juguetes tan caros. Se preguntaban con curiosidad: “¿de dónde los habrá sacado? “. Todos querían tocarlos. Algunos los encontraron pesados. Otros, peligrosos. ¡Se veían tan reales! Yo les dije que un tío padrino me los había regalado y no preguntaron más.

Al anochecer le pedí a mi mejor amigo, el loco Orellana, que me las guardara hasta el otro día, porque… -mi mamá está un poco enojada conmigo- le dije, inventando una mentira.

En casa se extrañaron porque me fui a la cama más temprano que de costumbre. Esa tarde me sentía cansado, muy cansado pero también muy feliz.

Yo vivía al margen de los problemas familiares. No sabía que mi padre había empeñado no sé que cosa, para pagar una deuda. Esa noche, a medida que iban llegando a casa mis hermanos mayores, iban siendo interrogados enérgicamente, sobre el dinero faltante. Todos eran sospechosos, menos el hijo pequeño de tan sólo nueve años, que tan angelicalmente parecía sonreír entre sueños.

Al día siguiente, cuando estábamos jugando una pichanga en el sitio eriazo que había en la esquina, me fue a buscar mi hermano mayor. Al ver su cara de enojo creí que me iba a dar una patada. Recogí rápidamente la ropa con que formábamos el arco y salí arrancando para la casa, buscando refugio cerca de mi mamá.

“¿Qué hiciste con los cien pesos?- gritó mi padre, conteniendo la rabia.

Bajé los ojos asustado y miré sus puños apretados, como para golpearme. Quedé casi paralizado de terror, cuando vi en las manos de mi madre, las cartucheras con los revólveres plateados que la mamá del loco Orellana, siguiendo su infalible instinto de perro sabueso, había ido a entregar a mi casa.

Recién tomé conciencia del mal que había hecho. Y aunque no levanté la cabeza, percibía claramente que todos los que me rodeaban, me miraban con odio e incredulidad.

-¡Échalo a acostarse antes de que me acrimine!- finalizó mi padre, en tono amenazante. Sin esperar la orden, subí corriendo al dormitorio que compartía con mis hermanos.

-¡Quítate toda la ropa!- ordenó mi madre. En su mano tenía ese temido pedazo de suela terminado en cinco ramales, que siempre estaba colgado detrás de la puerta de la cocina.

-¡Un hijo ladrón, lo único que me faltaba!- y un violento azote me cruzó la cara haciéndome tambalear. Levanté los brazos para cubrirme y las piernas recibieron el castigo. Luego la espalda, los costados, la cabeza. Los golpes llovían por todos lados.

¡Pobre mamá! Sé que a ella le dolían tanto como a mí.

-¡Agradece que no te quemo las manos!- dijo con voz temblorosa y extenuada. Finalmente salió dando un portazo, llevándose toda mi ropa apretada contra su pecho. La sentí bajar la escala llorando desconsoladamente, no sé si de rabia o de pena.

La noche me encontró tirado en el suelo. Aterrorizado, adolorido, hecho un ovillo, desnudo en las tablas sucias. Temblando de miedo, de tristeza, de frío. Odiando esas pistolas que tanto daño nos causaron y que nunca más volví a ver.

Algunos meses después, empecé a trabajar, como ”pasa pelotas” en el Club de Tenis Quinta Normal, de propiedad de don Roberto Lizana, queriendo reparar en parte la falta cometida. Rápidamente devolví lo sustraído y mi modesto aporte se transformó en un importante apoyo económico para la familia.

A pesar de que en casa no se volvió a mencionar este incidente, yo me sentía como un galeote. Encadenado a un sentimiento de culpa, cumpliendo una condena voluntaria que sólo terminó cuando me fui de casa muchos años después.

Crecí trabajando muy duro, me volví taciturno y melancólico. Durante mucho tiempo no supe de vacaciones, entretenciones o juegos propios de mi edad. Trataba de aturdirme trabajando de día y estudiando de noche. Sentía, sin tener clara conciencia de lo que me sucedía, que algo importante se había roto dentro de mi, aquél día en que dejé de ser niño.

Mis padres ya no están conmigo. Y aunque sé que pagué con creces mi mala acción, cada vez que veo a un pequeño pelusita contemplando fascinado una vitrina navideña, me acuerdo de ellos y pienso: ¿Me habrán perdonado algún día? ¡Nunca me atreví a preguntárselos! ¿Usted… qué cree?

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