No pasó nada (Warya v.S)

La sensación de impotencia ante el abuso y la cobardía de quienes se creen superiores "No debe ser fácil describir", sin embargo a continuación podrán leer un testimonio valiente de quien hoy día y en un país "desarrollado" ha sufrido un atropello a su dignidad. Una más entre millones de mujeres que en el mundo son avasalladas por su condición. Afortunadamente, la desigual lucha de las mujeres poco a poco va ganando espacios importantes gracias al temple y capacidad demostrada desde siempre... Gabriela Mistral mujer y Premio Nobel de Literatura desde muy joven ya luchaba por la dignidad de la mujer con su pluma escribiendo por ejemplo en el Diario "La voz de Elqui" en 1907: "Instrúyase a la mujer, no hay nada en ella que le haga ser colocada en un lugar más bajo que el del hombre. Instruir a la mujer es hacerla digna y levantarla, abrirle un campo más vasto de porvenir; es arrancar a la degradación a muchas de sus víctimas.

 

Es preciso que la mujer deje de ser la mendiga de protección; y para vivir sin que tenga que sacrificar su felicidad con uno de los repugnantes matrimonios modernos; o su virtud con la venta indigna de su honra...porque casi siempre la degradación de la mujer se debe a su desvalimiento...."qué algo más que la virtud le haga acreedora al respeto, a la admiración y al amor".  
Hoy, una mujer instruida sale al paso de cobardes denunciando el hecho públicamente. No ha sido derrotada por el atropello infame, sigue soñando y luchando por un mundo más justo, más igual, más feliz, con mujeres y hombres dignos. Gracias Warja por tu ejemplo.
Pablo Garrido B.

 

En nuestros corazones, en los libros, en la calle qué gran felicidad poder comprender, mi amor,   comprender lo que está pasando a nuestro alrededor.

 

NAZIM HIKMET
dedicado a
Ana, Jimena, Elena
Ivan, Pepe, Ramón                                                              
Pablo y Mauri,
mi madre y mi padre
 
 
No pasó nada
por Warja van Suchtelen

Pasó después de la Peña por Leo. 

Esta calurosa velada para recaudar fondos para este amigo chileno que había sido sometido a una operación grave terminó tempranito porqué había tenido lugar en un espacio de una Iglesia. Todavía llena de ´vino de la pampa´ que ayuda enriquecer amistades y con un embriagante sentimiento de complicidad, con una última imagen en la retina de Leo bailando la cueca, salí al pavimento despejado y tenía que decidirme para qué lado ir: en dirección de la casa, acompañando a una amiga – charlar un poco y tomar un traguito, quizás  – o para otro lado, a La Casa de Hispanohablantes,  a juntarme con el grupito de amigos que iba de fiesta a fiesta.  El que me conoce y sabe que he nacido y vivido entre artistas reales y de la vida comprende que elegí la última opción. Sí, había que apurarse, porque los fiesteros ciclistas ya habían salido y yo no conocía bien ese barrio del Mercatorplein. No hay problema, pensé al abrir los candados de mi bicicleta: me siento tan joven como la noche y, aunque a veces me considero una hispanohablante, Amsterdam es mi ciudad.


Pero no alcancé a juntarme con el grupito de amigos. Cada vez más fugazmente veía desaparecer por una esquina una figura o una rueda de bici.
“En la vida uno tiene que hacer todo sólo” se me vino a la cabeza, como a menudo en los últimos meses. Pero inmediatamente me avergoncé porque no venía al caso: habían sido las últimas sabias palabras de mi padre enfermo para consolarme, cuando  me fue imposible ayudarlo a hacerle el fin de su vida soportable – esa vida que durante 61 años había estado marcada por el peso de haber sobrevivido a su compañera de resistencia y primer amor – su Reina Prinsen Geerligs.

Se trataba solamente si yo llegaba o no a una fiesta en esta banal calle y en esta banal hora de la noche.  Una vez más intentaría encontrar el lugar, confiando en mi propia memoria y mi sentido de orientación.

En el abandono mal alumbrado aparecieron cuatro figuras grandotes, caminando por el medio de la calzada. Ahora que veo la película de lo acontecido  para atrás, pienso que, con su lenguaje físico grosero trataban de decir que la calle era suya. Aunque a mí no me convencieron mucho ya que muy luego descubrí que debajo de abultados ropajes no se escondían cuerpos de verdaderos bodybuilders.

Que todo en ellos era mediocre: la edad, la fuerza y la boca.
Me decidí a poner la mejor cara de habitante-conciente de un Barrio bravo con la expresión de: “déjenme pasar”,  sólo necesitan hacer un pasito para el lado,  así desaparezco rapidito de sus vidas (soy  un granito de arena, en este momento, aunque sí un grano consciente de que con muchos juntos puede detener el mar)*

No se apartaron ni un centímetro. Agarraron mi bicicleta y me hicieron imposible moverme ni para delante ni para atrás, como en un sueño que se convierte en pesadilla. Como en una pesadilla también salieron las palabras de las siluetas sin rostro:

A donde crees que vas?
Yo: a la Casa de los Hispano….
A la casa de putas, querrás decir.
No, no me entienden, allá donde están mis amigos ….es un local para…son buenos músicos de….
Pero eran de esos hombres que no escuchan a las mujeres.
Que quieren siempre tener la palabra. Y que están lejos de cualquier cultura.

¿Tus padres saben que estás aquí en la calle? (Si el tono no fuera tan ofensivo, lo podía haber visto como un cumplido, les podía haber contado con una sonrisa que yo soy madre de dos hijos adultos ya.)

No tengo padre ya y mi madre….pié yo.

Tu madre es una gran puta, me ahogó una figura con su voz más fuerte.
Se me envidriaron los ojos. Mi pobre mamá, ya es suficientemente triste que esta mujer fuerte, progresista, activa y pacífica como había sido, en el fin de su vida fuera retrocediendo en el tiempo hasta el momento en que había tenido que superar la desaparición de su padre, y su asesinato en un campo de concentración; ya era suficientemente grave que mi mamá no fuera la misma mujer de antes, que ya no fuera capaz de comprender nada de este mundo en que está viviendo, y que la iba dejando abandonada a su suerte. Y en donde de repente la llaman una puta.

 Ana, mi querida amiga, tenías razón, pensé, cuando me contaste, con tu ojo maltratado, que ser escupida e insultada verbalmente tanto tu como tu madre fue lo más  doloroso para ti de lo que te había hecho el violento skinhead. Tienes razón, esto es aplastante –siento lo mismo y sin embargo es tan diferente. En tu caso era un holandés racista, cuya violencia provenía del nacionalismo. Yo estoy frente a hombres que reaccionan de la nada y que buscan sus fundamentos en un supuesto derecho a insultar y amenazar.

Esperaba en cualquier momento ser escupida. Y más allá de mis ojos vidriosos seguían los insultos.
Yo misma era una puta. Lo había aprendido de mi madre. Mi marido seguramente era un cafiche.
No tengo marido, tartamudié estúpidamente. Estúpido, porqué se me ocurrió querer explicar que el padre de mis hijos no había podido ser feliz padre de familia durante mucho tiempo a consecuencia de haber sido perseguido por un régimen fascista de su país, y viviendo con la conciencia de ser sobreviviente de tantos muertos, torturados y desaparecidos.

Mientras tanto comenzaron las amenazas: te vamos a culiar hasta el contre y: te vamos a dejar vacunada contra las cachas, y otro: te voy a hacer pedazo hasta que no le gustes a nadie.
Me empujaron del uno al otro, en todas partes las manos, sentí cómo bajaron mi faldita negra hasta que me dejaron en mis medias coloradas.

De repente la pregunta: eres holandesa?
Normalmente mi respuesta es que he nacido en Holanda sí,  que tengo una mezcla de sangres y una educación no muy holandesa; que mis hijos son bilingües.
En este caso rápidamente dije que sí.
Te has tratado el pelo con henna, se fijó uno.
Ya desde los años sesenta, pude completar la frase. Esto no les decía nada. De improviso había una pausa para respirar. Me venía un recuerdo a la cabeza sobre Mauri con sus rizos tipo Bob Dylan, esperando en una parada, cuando el tranvía no paró para él. Le había molestado el hecho de que el conductor no paró, no el hecho de haberlo confundido con un muchacho marroquí. Ese era mi hijo.

De repente un puñetazo en mi pecho.
Eres lesbiana entonces!
Eso también te lo vamos a hacer olvidar. Eso te lo sacamos a golpes.

Otro puñetazo en el pecho.

Casi me meaba, casi quise hacerlo; quise llamar “mamá” como cuando era niña, quise evocar al mundo de libros perteneciente a mi papá, en que me podía perder en cuentos con laberintos y faunos, para poder enfrentar mejor al mundo de los adultos. O más pequeña aún, hasta bébé, para volver al útero como feto. Impensable. Era mi mamá que había vuelto a ser niña, dependiendo de mis cuidados. Mañana tendría que estar para ella de nuevo, consolarla en su nueva vida de soledad.
Tengo pues que salir de esta.

Uno de los tipos apretaba la rueda de adelante de mi bici entre las piernas. De esta manera me es imposible darle un rodillazo en las bolas, pensé. Y mis propias rodillas temblaban aún más.

No sabían otra cosa que dar puñetazos los cuatro tipos: basaron toda su fuerza y poder en el hecho de ser mayoría. .

Aparentemente tampoco tenían idea de cómo seguir – de repente parecieron inexpertos. ¡Me quisieron mandar a la casa!

Entonces conmigo tendrán que mandar a la casa a medio mundo.
Estupefacción..

Ya me atreví un poco más. Pensé en coger mi celular, que estaba metida en una bolsa dentro del bolsón de mi bicicleta. Pero quien sabe si me lo quitan, aunque ya estaba claro que no se trataba de  ladrones – se trataba más bien de un grupito de ‘caballeros moralistas’ – por lo menos eso es lo que se creían. Fanfarronear tenía efecto con ellos.

Vi dos personas caminando al fondo de la calle. Dije: allá vienen llegando unos amigos míos. (solamente el pensar en mis amigos me hizo aterrizar de nuevo con ambos pies en la tierra)  En un instante inventé una lista de nombres que tenía en la punta de la lengua, nombres de hombres, si bien me entienden. Y grité:
¡Leo! ¡Pablo! ¡Ivan! (en este caso pronunciado con acento lo más ruso posible, para que la banda de los cuatro pudiera pensar – si tuvieran cerebro – en una conexión con la mafia rusa);  ¡Pepe! ¡Maurits! y dudaba si sacar para afuera  un nombre árabe, cuando me fijé que ya había efecto. Se retiraron. Los  “amigos” que se acercaron - sí tenían celular como si fuera arma – eran mujeres.

Quieres que llamemos a la policía, me preguntaron
No era necesario. La pesadilla se había esfumado.

Las mujeres me consolaron,  me ayudaron a arreglarme un poco y me animaron a ir a la fiesta – sobre todo no permanecer sola. No tenía que avergonzarme de nada.

En la entrada de La Casa, me di cuenta que estaba llorando. Estaba en mi nueva situación de huérfana y me había desacostumbrado el ‘apretar los dientes y seguir para adelante sin quejarse’, expresión con la cual muchos de mi generación de postguerra había crecido. De a poco dejé que mis emociones salieran a la superficie, porque ahora me lo puedo permitir. Lo primero que sentí fue vergüenza.
Vergüenza por que permití que unos congéneres me hubieran podido hacer esto.
Vergüenza por haberme dejado amedrentar por un par de cobardes. Que me hubiera salvado adaptándome a su manera de pensar.

Me avergonzaba por mi ingenuidad, que no los hubiera reconocido desde el comienzo como trogloditas culturales; que pertenecían a otra categoría que los palestinos que habían cantado “El pueblo unido”  en árabe en una manifestación por la paz.

Y mi vergüenza proseguía: que nosotros  – siendo millones – no hubiéramos podido parar a Bush en la invasión de Afghanistan y desatar y causar su guerra en Irak; aplicando su propio fundamentalismo a escala mundial causando una nueva reacción agresiva que sólo sabe remitirse a fundamentos obsoletos.
 
Nuevamente fui consolada por mujeres en la entrada de La Casa - desconocidas pero pertenecientes a mi pequeño mundo. Me devolvieron la confianza en mí misma y la confianza en la fuerza de la solidaridad y en el que superar el miedo es posible.
Igualmente significativo fue el recibimiento por los hombres, me escucharon con paciencia y me brindaron su consuelo conmovedor. Me devolvieron la confianza en la posibilidad de una verdadera emancipación y su amistad  (o, para quien lo quiera amor) incondicional. De esta manera al mismo tiempo me liberaron, inconscientemente, de los restos de un viejo trauma de hace años, producto de una verdadera agresión años atrás  por un pintor de brocha gorda puramente sexista , de lo cual un compañero de aquellos tiempos apenas reaccionó dándole al violador el apelativo de maricón y considerándolo innecesario denunciar un caso así a la policía.

Ahora yo no considero innecesario denunciar el caso, pero no tiene sentido.
Primero que todo ya no reconocería los agresores. Los recuerdo como figuras sin rostro.

Además la policía le prestaría más atención a los cuatro caballeros moralistas, trataría el caso como un incidente en una calle de barrio de Amsterdam, si en realidad se trataba de una fracción de la vida en el mundo, de diez minutos en que el mundo había vivido en mí y en mi enemigo de cuatro cabezas.

Al final, los agentes me dirían: no pasó nada.
 
Después de haber escrito esto, los días siguientes pude tomar la bici de nuevo, sola o entre amigos, vestida de falda negra con algo rojo encima y debajo, para ir a la conmemoración de la muerte y de la revolución de Allende, y en el mismo 11 de septiembre conmemorar los millones de muertos y los cambios desde ese momento en el mundo entero.

Podré estar presente en conciertos de vieja o nueva música de compañeros míos. Bailar y sentirme liberada, tal vez;  hacer el amor amorosamente con el que en mis sueños sin pesares es mi más querido…. Pero eso no es asunto de Uds.
 

 
Amsterdam, september 2007
 
  
* Angel Parra formuló con estas palabras el significado de la solidaridad.