Debate en educación. Chacho Alvarez

En el debate sobre educación.
Sin un debate activo, lo riesgoso no es que no entremos en la sociedad del conocimiento sino que solamente ingrese un sector minoritario de la población, ampliando aún más la brecha de desigualdad.
 
 
Carlos "Chacho" Alvarez. Argentino, ex Vicepresidente de la Nación, Director del CEPES
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Es evidente, más allá de los aumentos presupuestarios, la voluntad y la capacidad técnica de las autoridades educativas, la distancia que se observa entre la retórica sobre la importancia estratégica de la educación y su espacio real en la agenda pública.


 
La gradual normalización de la economía, los indicadores positivos y las buenas perspectivas deberían permitir abordar aquellas cuestiones que van a incidir en el perfil de desarrollo del país, más allá del período de uno o dos gobiernos.
 
Sabemos de nuestras dificultades para establecer áreas de consenso sobre temas centrales. En nuestro caso, se pierde de vista que ciertos acuerdos sobre cuestiones esenciales, sobre todo para la suerte de los sectores populares, sería un factor importante de relegitimación de los partidos y de la política.
 
Excluir un tema tan vital como el educativo de los juegos cortos del poder, de la pelea del día a día, de la iniciativa oficial y la refutación opositora marcaría un hito importante. No se trata de una acción en la que unos ganan y otros pierden sino que puede darse un juego de suma positiva en el que ganen todos.
 
Precisamente, tanto la educación como la ciencia y la tecnología no están en el centro del debate porque requieren, entre otros aspectos, de una fuerte inversión pública y privada y los resultados sólo se ven en el mediano y largo plazo. Pero si la discusión no se abre, lo riesgoso no es que no entremos en la sociedad del conocimiento sino que solamente ingrese un sector minoritario de la población, ampliando aún más la brecha de desigualdad, uno de los temas más lacerantes.
 
Hay que salir del repiqueteo discursivo de los éxitos de Finlandia, Malasia, Corea del Sur o Irlanda —como países que han asociado el compromiso con la educación con un salto espectacular en sus niveles de crecimiento— y abrir un debate sobre los principales ejes que colocarían la educación en el centro de una estrategia de desarrollo.
 
Para esto hay que evitar varias tentaciones que terminan obturando la discusión antes de iniciarla. La primera, la tendencia a ingresar en el tema por el lado del financiamiento, en lugar de primero definir las cuestiones que hagan que los argentinos vuelvan a sentir la educación como un tema visceral. La problemática de los recursos es fundamental, pero debería ser el corolario luego de saber qué esperamos de la educación hoy y hacia adelante.
 
Es obvio que con poca plata no se logra que la educación construya ciudadanía, capacite para el empleo y sea el principal instrumento democratizador e igualador de oportunidades. Pedirle todo esto a la educación, como se desprende de todos los discursos, con docentes mal pagos y desjerarquizados, con cuatro horas de clase por día y con bajos presupuestos, es magia.
 
La segunda limitante es la tendencia —sobre todo observable en los foros de debate empresariales— a la simplificación y a culpabilizar a los docentes en general de los déficit del sistema. En el sentido contrario, habría que evitar abordar los aspectos centrales de la discusión desde la problemática gremial. De aquí la necesidad de descorporativizar el debate.
 
Y por último, predisponerse a la discusión con la cabeza abierta para aportar un sentido de innovación que trascienda la ideologización o la tradición de estigma tizar las posiciones, incluso antes de ser debatidas.
 
Precisamente, en el terreno educativo las visiones supuestamente progresistas han resultado a veces las más retardatarias o conservadoras, porque terminan planteando dejar casi todo como está. Esta es una lógica parecida a la que primaba en los 80 en la defensa acrítica de las empresas públicas, que luego fueron liquidadas o malvendidas en los 90 con el consenso de la población.
 
También hemos visto, en años anteriores, cómo la Universidad fue bastión de las posiciones más arcaicas, cómo se reprodujeron las peores prácticas de la política partidaria y cómo se fue desvirtuando el concepto de autonomía, confundiendo el autogobierno de la Universidad con la lógica de una corporación aislada de las demandas y necesidades de la sociedad.
 
Si acordamos que la educación y el conocimiento constituyen la variable clave sobre la cual es posible apoyar la estrategia de transformación productiva con equidad, entonces habrá que rediscutir los tipos de saberes a privilegiar, los requisitos para democratizar e igualar la calidad de los conocimientos, cómo se represtigia el rol del docente y la jerarquización de la escuela, sobre todo en las poblaciones más vulnerables.
 
Lo que hoy sabemos es que la educación en la Argentina ya no es instrumento de igualación de oportunidades. La diferencia es definitiva entre aquellos niños que estudian en doble jornada, que aprenden desde los años iniciales otro idioma, acceden al mundo digital y generalmente poseen el soporte de padres con un alto capital cultural, con aquellos para quienes la escuela se transforma en un centro asistencial.
 
Por eso, apostar a la igualación, a la sociedad del aprendizaje y del conocimiento es saber que hablamos de actividades intensivas en tiempo, constancia, compromiso e inversión social.
 
Tenemos por historia, y todavía por recursos humanos, una gran oportunidad para ensayar una política de Estado concreta y crucial.