Francisco de Quevedo, su poesía.

Francisco de Quevedo

1.-Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645) podría aspirar al primer puesto en la poesía de su siglo y de cualquier época.

Nació en Madrid y su vocación política debió contribuir a formarle una personalidad compleja y de contrastes. En su poesía se reflejan las tendencias más espirituales frente a los sentimientos más bajos y groseros. Los chistes aparecen junto a las actitudes más serias y la filosofía moral junto a la chabacanería más ingeniosa.
Una de las grandes dificultades para estudiar su poesía deriva de que, generalmente, ésta circuló en copias manuscritas -como la contenida en el llamado Cancionero antequerano o en el Cancionero de 1628- a lo largo de su vida. Quevedo sólo pudo leer impresas 17 composiciones suyas en la famosa antología Flores de poetas ilustres de Pedro de Espinosa (1605), u obrillas sueltas publicadas en diversos romanceros.

2.-La primera colección de poesías importante de Quevedo se escribió en 1613, como consecuencia de una profunda crisis espiritual

Se trata del Heráclito cristiano, que su autor revisó como Lágrimas de un penitente. No se publicó hasta la edición impresa de 1670, veinticinco años después de morir Quevedo. De entre sus poemas más destacados, elegiríamos el soneto "Miré los muros de la Patria mía", corregido en la edición póstuma de sus obras.

En 1635 publica Epicteto y Phocilides. Solamente se considera original una de las poesías que aparecen en esta obra, pero es significativa de cómo se rastrean poemas sueltos en diferentes libros de nuestro autor.

3.-Sabemos que la muerte sorprendió a Quevedo cuando se hallaba trabajando en la edición de sus poesías. Su amigo Josef Antonio González de Salas dice haber respetado la ordenación de nuestro poeta, cuando publica en Madrid, en 1648, El Parnaso español, monte en dos cumbres dividido, con las nueve Musas.
Estas nueve Musas pretendían reflejar una clasificación temática de su obra poética en nueve apartados. La primera Musa, Clío, recogía poemas en alabanza de personajes ilustres pasados o presentes. Aquí destaca su soneto "Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!". La segunda, Polimnia , poemas morales, entre los que se encuentran, probablemente, los mejores de nuestro autor, como el soneto "'Ah de la vida'...¿Nadie me responde?" o la imprescindible Epístola al Conde Duque de Olivares. Melpómene, tercera Musa y tercera sección, se dedica a la poesía fúnebre: exequias o inscripciones de personajes célebres. La cuarta sección, dedicada a la Musa Erato, se divide en dos partes, ambas dedicadas a la poesía amorosa . Partiendo de la poesía petrarquista, Quevedo logra obras de relieve universal, mezclando los temas del amor y la muerte. La segunda parte de esta sección, se dedica a Lisi, supuesta amante del poeta, y contiene el que acaso sea el mejor soneto de su autor: "Cerrar podrá mis ojos la postrera" (Amor constante más allá de la muerte). Las Musas quinta y sexta -Terpsícore y Talía- se dedican a poemas satíricos y burlescos, bailes y bromas. Aquí concluye El Parnaso español.

Francisco de Quevedo

Las tres Musas últimas castellanas
Segunda cumbre del Parnaso español
4.-También sin concluir su trabajo muere González de Salas en 1651. Fue Pedro Alderete Quevedo y Villegas, sobrino del autor, quien publicó, en 1670, en Madrid Las tres Musas últimas castellanas. Segunda cumbre del Parnaso español. Su labor fue algo más descuidada que la de su predecesor, puesto que repitió poemas ya publicados o ligeramente desordenados, aunque continuó el plan supuestamente establecido por su tío.

Euterpe, séptima Musa, prolonga el ciclo de poesías amorosas, retomando el nombre de su amada Lisi. La octava Musa, Calíope, encabeza letrillas satíricas y silvas morales. Éstas últimas se cuentan entre lo más representativo del Barroco por su temática acerca del paso del tiempo y la muerte como fin. Se duda si Quevedo pretendió hacer con ellas una colección independiente. Urania, novena Musa, se dedica a poesía religiosa, cerrando este volumen. Silva en un manuscrito de Quevedo 

5.-Es difícil describir en pocas palabras una obra tan variada como la de Francisco de Quevedo. El lector podrá seguir, según lo expuesto en el punto anterior, la diversidad de temas y tonos: desde lo metafísico a lo burlesco; de lo amoroso a lo escatológico.

Alguna vez se ha contrastado la poesía amorosa más espiritual de Quevedo con su situación real: su matrimonio fracasado y con su poesía burlesca de pícaras y prostitutas. Parece una tendencia constante en él la voluntad de superar lo carnal y material, junto al fracaso al alcanzar lo espiritual, lo que puede aplicarse también a su poesía metafísica o moral.

Lo que es seguro es que Francisco de Quevedo fue un admirador sincero de Séneca, de quien recoge el tema del quotidie morimur -morimos cada día-. Esto hace que el tema del tiempo vaya unido al tema de la muerte. Hay que recordar que nuestro poeta mantuvo correspondencia con el humanista belga Justo Lipsio, editor de las Obras de Séneca.

Otra gran lectura de Quevedo fue, sin duda, el poeta latino Marcial, de origen aragonés, que le ofreció interesantes modelos de poesía satírica y del que, con frecuencia, realizó traducciones o adaptaciones.

6.-Para terminar esta brevísima exposición de la poesía de Quevedo, conviene recordar que escribió una lírica de una profundidad inusual en cualquier época de la literatura española.
Ignoramos hasta qué punto sus editores González de Salas o Pedro de Aldrete intervinieron en la corrección de sus obras, dispersas por tantos libros de poesía de los siglos XVII y XVIII. Sus editores modernos -Blecua o Crosby- no descartan la posibilidad de que aparezcan nuevos poemas o de que se modifiquen las atribuciones que actualmente se mantienen.
D.Miguel Pérez Rosado.
Doctor en Filología

Quevedo es el autor más frecuente en “Tiempo para la alegría”. Manuel Menán, al interpretar los Sonetos amorosos del genial escritor, se constituye en poderoso artífice. Junto a torsos de mujeres de extraña arquitectura erótica, anatomías viriles, miguelangelescas; una manifestación muscular de carácter escultórico: una naturaleza de símbolos, de patéticos atardeceres y pájaros heridos. Todo ello referido a aquella fracción de la literatura quevedesca relacionada con el amor.

“Durante siete siglos -dirá Joaquín Arce-, a partir de aquel obscuro poeta que por primera vez lo empleó el soneto allá en la lejana Sicilia, ha sido el molde más fecundo y vivo de la literatura universal. Sobre todo desde que también en sonetos vertiera su amor otro italiano, Petrarca”.

Muestra Quevedo en los Poemas metafísicos una grandiosa concepción del hombre ante la muerte. Aquí el lírico, el amatorio, el irónico y el satírico burlesco de otro tiempo, siente la proximidad de más allá, y acongojado, levanta su voz profunda sobre el mundo. Las ilustraciones de Luis García-Ochoa se ocupan de expresarlo de otra manera.

Soneto a Lisi
Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esta otra parte en la ribera
Dejará la memoria en donde ardía;
Nadar sabe mi llama la agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas que humor a tanto fuego han dado,
Medulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejarán, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrán sentido,
Polvo serán, mas polvo enamorado.

De El Parnaso Español (1648)

Este soneto se conoce con el subtítulo de "Amor constante más allá de la muerte", que explica, hasta cierto punto, su contenido. Se encuentra en la sección "Erato. La misma Musa IV. Sección Segunda. Canta sola a Lisi, y la amorosa pasión de su amante. Al margen de que Lisi no tenga una existencia real, el soneto es, posiblemente, el mejor poema amoroso en lengua castellana. Si el amor es un Dios, debe ser inmortal, así como los objetos que toca. Conmueve ver que Quevedo, poco apasionado en el tema religioso tradicional, afirme aquí la inmortalidad del alma enamorada.