Ultimos Comentarios

Luis Cerda Herrera

Luis Cerda Herrera

10. Abril, 2015 |

Comparto tus versos, la liberta es como el aire que respiramos

Saludos

sergio silva

sergio silva

22. Febrero, 2015 |

Juan cuevas Quevedo, es este tu correo? si es así espero tu respuesta. Fraternalmente, Sergio silva.

Arsenio Aguilera

Arsenio Aguilera

22. Enero, 2015 |

Hermosa poesía que refleja lo vivido abordo de la embajadora de los mares. Felicitaciones por ese maravilloso talento. Un ex-marino y...

Eugenio

06. Agosto, 2014 |

muy buenos tus poemas, te felicito compadre, aun tengo recuerdos de cuando nos reiamos juntos a otros funcionarios del S.A.G y la...

manuela rodriguez

manuela rodriguez

06. Enero, 2014 |

Señor marcelino, hermosos sus poemas ,muchas gracias por ayudarnos a encontrar un hotel y personas como ud necesita este mundo Dios lo...

Sin suavizante

20 Septiembre 2014

 

Sin  suavizante

            La cocina estaba en penumbra. La mujer, arrastrando los pies, entró, prendió la luz y caminó hacia la heladera. Era miércoles, y como todos los miércoles, les tocaba comer milanesas de pollo. Siempre…los…miércoles..

cenaban…milanesas… de… pollo.   Nunca un cambio…  nunca.  Los miércoles comían pollo. Sacó las supremas del congelador, las apoyó en la mesada y levantó la persiana. Apagó la luz.

         Observó el paisaje, que le recordó  El bosque de abedules  de Klimt. Había llegado el otoño. Los matices acuarelados borroneaban los verdes de amarillos y anaranjados. La mujer tomó los cítricos, de una cuchillada los partió por el medio, los exprimió, y luego tiró a la basura las cáscaras vacías de las medias naranjas. Se bebió el jugo con fruición. Abriendo la canilla, llenó de agua la pava y la puso a calentar. Mecánicamente cargó el mate de yerba, lo tapó con la mano y lo agitó. Metió la bombilla adentro. Volvió a mirar hacia fuera.

         Un sol albino intentaba abrirse paso a través de la bruma. Hoy no tendría que regar, la tierra estaba húmeda. Pensando en sus raíces, se molestó con el recuerdo de tantos años al pedo y sacudiendo el mate, se puso negra cuando escuchó el sonido del agua que bullía. Otra vez se lavaría la yerba. Quitó la tapa de la pava y dejó salir la presión. Miró por un instante las volutas de humo que escapaban hasta desaparecer.

         Del otro lado de la ventana, el follaje de las plantas sometido al vaivén del viento, iba y venía con desgano. Deslizándose por las hojas que hacían de tobogán, las gotas de rocío al caer, brillaban como caireles de cristal, formando espejismos sobre la laja.

         Chupando el primer mate, la mujer, lo escupió en la pileta y abrió el agua. Afuera, una paloma cruzó el espacio y aterrizó en el patio. Sin dejar de mirar, ella cerró la canilla y descubrió a Flora, la gata de los vecinos, agazapada sobre el cantero de los geranios. Siguiendo la dirección de su mirada felina, vio que ésta enfocaba a la mensajera de la paz, que seguramente por ser tal, no dio batalla. La mujer actuó, mandándose una trilogía de puta madre, golpeó el vidrio de la ventana, espantando al ave y a la gata que, lanzándole a ella un gélido bizqueo, bajó a la emplumada de un zarpazo. Dándose vuelta horrorizada, la mujer cargó el lavarropas, y luego cambió las supremas por unos bifes chorizo.         

         Volvió hacia la ventana. La gata Flora se había ido. Solo la farola del parque atalayaba el paisaje, encandilando a una nube de abejorros que enfiló hacia el árbol de los plumeritos rojos. La mujer, recordó que tenía que subir a despertar al hombre, y olvidando el suavizante, puso en marcha el ciclo de lavado.

         Arrastrando su procesión interna hacia la escalera, dirigió una mirada al ventanal del contrafrente. Deteniéndose, miró los viejos árboles. Altos penitentes, que con los brazos extendidos hacia arriba, intentaban impedir el éstasis de la savia. Rugosos troncos terminados en garras, que no podrían detener el éxodo de las hojas. Y esos árboles, despojados de sus misterios, le evidencian la ausencia de los duendes que, escondidos entre las hojas durante los atardeceres dilatados del verano, le soplan a ella sus poemas, y la escuchan,…la escuchan cuando ella los recita. Y si la brisa es fuerte y no se oyen, con una seña, la invitan a volar en un cometa. Y la mujer vuela,…vuela olvidada del mate,… vuela sin enjuagues, yéndose por las ramas porque está de los pelos…

         De pronto, una tronada jupitariana desde arriba, tirando de la cuerda, la sacude. – Este hombre tiene que dejar de fumar-, se dijo la mujer, y cuando se disponía a planear, un chirrido la frenó.

         -¿Me preparás un té?- El airbarg funcionó. Girando, fuera de órbita, ella aterrizó. El que despegó fue el hombre, que voló enseguida , dejando como único testimonio  presencial,  un sobre de té agotado  y  un  tufo  a  pucho imbancable.

         La mujer, después de limpiar, tomando el teléfono, marcó el número de la  Figarolá  y pidió un turno con Pierre Augusto para una coloración con reflejos.

         Luego colgó la ropa lavada, sin suavizante.

 

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