Ultimos Comentarios

Luis Cerda Herrera

Luis Cerda Herrera

10. Abril, 2015 |

Comparto tus versos, la liberta es como el aire que respiramos

Saludos

sergio silva

sergio silva

22. Febrero, 2015 |

Juan cuevas Quevedo, es este tu correo? si es así espero tu respuesta. Fraternalmente, Sergio silva.

Arsenio Aguilera

Arsenio Aguilera

22. Enero, 2015 |

Hermosa poesía que refleja lo vivido abordo de la embajadora de los mares. Felicitaciones por ese maravilloso talento. Un ex-marino y...

Eugenio

06. Agosto, 2014 |

muy buenos tus poemas, te felicito compadre, aun tengo recuerdos de cuando nos reiamos juntos a otros funcionarios del S.A.G y la...

manuela rodriguez

manuela rodriguez

06. Enero, 2014 |

Señor marcelino, hermosos sus poemas ,muchas gracias por ayudarnos a encontrar un hotel y personas como ud necesita este mundo Dios lo...

Mamá, no pierdas las llaves

20 Septiembre 2014

 

Mamá, no pierdas las llaves

        Las campanadas del reloj del comedor diario, marcaron la hora.

         - Siempre adelanta-, masculla Juana, entrando en la cocina. Se acerca a la ventana y la abre.                                                                                  Afuera, un sol incipiente, se fragmenta sobre las baldosas húmedas del patio.                                                                                                                                                                 -          -Que enchastre, otro día de “merda” para mi artrosis- dice. Mira las hojas de las plantas que, cuando el viento las mueve, cambian el color verde por plata. –Verde y plata, plata y verde-. El juego de palabras la hace sonreir. –Dios, todavía tengo humor-, y tomando la birome que cuelga del llavero en forma de corazón y con dedicatoria, que le hizo Adriancito en la escuela cuando estaba en quinto grado, agregó “lechuga” a la lista de la compra, que le dejará al verdulero. Después irá hasta el puesto de las flores, donde Clelia, la florista, le elegirá una flor y luego le dirá, igual que siempre – Abuela, no se olvide de cambiarle el agua todos los días.- y Juana se tragará las ganas de contestarle – Abuela las pelotas, abuela será tu madre.

          Por la tarde, cuando regrese, les pagará, comprando luego, el pescado y la leche. Quiere que sus huesos estén tan activos como su memoria. Entonces mira el almanaque colgado en la pared. Veinticinco de abril de milnovecientos setenta y ocho. Nunca arrancó la hoja.

         Vuelve la vista hacia el patio, amanece, igual que siempre, igual a todos los días, a los tumbos, mientras la niebla, fagocitando las imágenes, deja sobre las baldosas confusión y lágrimas. Y adentro, el vacío, ese espacio hueco que paradójicamente ruge como un tornado que no acaba, en donde el tiempo está circunscrito a un ir y venir, igual al eco que va y vuelve con un aullido ronco, girando sobre sí mismo en una noria sin fin.

         Juana cruza los brazos sobre su panza y se balancea, hasta que la humedad le chorrea por las mejillas. –Humedad de mierda- dice, y desprendiéndose del abrazo, se pasa la palma de la mano por su cara. Baja del estante un frasco, lo abre, vuelca diez globulitos en la tapa y los deja caer adentro de la boca. Cierra el frasco y lo coloca nuevamente en su lugar. Chupa los glóbulos hasta que se disuelven. Abre la canilla, llena la pava con agua, cierra, tapa y encendiendo el gas, la coloca sobre la hornalla. Automáticamente, agarra el mate, le pone yerba, el edulcorante y metiéndole la bombilla adentro, sacude para mezclar. Apaga el gas. Se toma unos verdes y esta vez no hace juego de palabras.

         Busca la cartera, guarda la lista de la verdura y chequea, dinero,  la credencial del Anses, el documento único, la foto de Adrián y el pañuelo. Se pone el tapado, mira hacia los lados, y tomando las llaves abre la puerta de la calle, y sale. Se agacha sobre el umbral, recoge el diario y corrobora, veinticinco de abril del dos mil ocho. Treinta años. Dobla el Clarín y se lo lleva para leer en el viaje. Pasa por el mercado. Luego camina hasta Colombres. Tomará el ómnibus que va a la costanera. Bajará. Se acercará al murallón, se apoyará en él. Esto es todo lo que tiene y lo sabe. Un río color de león que ruge. Juana arroja la flor y se quedará esperando hasta que las aguas se calmen.

 

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