Ultimos Comentarios

Luis Cerda Herrera

Luis Cerda Herrera

10. Abril, 2015 |

Comparto tus versos, la liberta es como el aire que respiramos

Saludos

sergio silva

sergio silva

22. Febrero, 2015 |

Juan cuevas Quevedo, es este tu correo? si es así espero tu respuesta. Fraternalmente, Sergio silva.

Arsenio Aguilera

Arsenio Aguilera

22. Enero, 2015 |

Hermosa poesía que refleja lo vivido abordo de la embajadora de los mares. Felicitaciones por ese maravilloso talento. Un ex-marino y...

Eugenio

06. Agosto, 2014 |

muy buenos tus poemas, te felicito compadre, aun tengo recuerdos de cuando nos reiamos juntos a otros funcionarios del S.A.G y la...

manuela rodriguez

manuela rodriguez

06. Enero, 2014 |

Señor marcelino, hermosos sus poemas ,muchas gracias por ayudarnos a encontrar un hotel y personas como ud necesita este mundo Dios lo...

El paquetito

20 Septiembre 2014

 

El  paquetito

         Salté de la camilla, me calcé la bombacha, me abroché el corpiño y terminé de vestirme. Detrás del biombo, el ginecólogo, ya ubicado en su escritorio, me entregó el paquetito, largo y chato como un cigarrillo prensado, y también un papel con la dirección de un laboratorio, a cuarenta cuadras de su consultorio.

         -Ojo,- me dijo el doctor Asclepio, tomando el bastón con mango de serpiente enroscada y poniéndose de pié.- mirá que reciben las muestras solo hasta las cinco de la tarde-.¿ que pensaría este geniotáctil? ¿ que yo iría a tomar el té a Las violetas con eso encima?, y siguió diciendo mientras se dirigía hacia la puerta del gineceo.-Podés guardarlo en el frío durante cuatro o cinco días-.

         Claro que el médico no conocía al gordo, que cada vez que abría la heladera, barría con todo lo que encontraba. Después del último vaciamiento, que provocó una limpieza interna y externa, decidí guardar en el congelador los supositorios de glicerina. No provocaría otra diarrea o en el peor de los casos, esta vez, una vaguedad peneana. Uno nunca sabe, así que tomé ese paquetito con el índice y el pulgar de la mano izquierda, mientras el dedo meñique, que desde que el mundo es mundo, siempre fue un exquisito, se levantó y así quedó, como erizado. Con disimulo, traté de bajarlo, pero fue peor, porque rebotó, activando al anular y al medio que, poniéndose en guardia, se alzaron solidarios. Con la derecha, guardé como pude en la cartera las órdenes para realizar una mamo, una eco, y por último, la gran metiche del espectáculo, la promiscua transvaginal.

         Me despedí del ginecólogo, y me lancé a las calles como el enviado del Papa Nicolau.

         Comencé a bajar las escaleras del subte, resoplando como un  forrapo de gaita, acordándome de mi abuela gallega que murió virgen de estas lides.

         El paquete me precedía. El viento amenazaba su estabilidad cuando, un pelotudo que subía corriendo, tropezó, y arrancándolo de mi mano, lo hizo volar, hasta aterrizar frente a un invidente que, dejando de cantar, se agachó, levantó el paquetito y metiéndoselo en el bolsillo, me miró. Luego de una puja disputada, el tipo me lo canjeó por diez mangos. Puse a cada cual en su lugar y el ciego, metiendo su violín en una bolsa, corrió escaleras arriba, de seguro hasta el bar de la esquina. Encogiéndome de hombros, miré la hora y seguí bajando, con mi recuperado estandarte.

         Cuando llegué a la estación Callao, ( ay de mí ) un piquete pro o anti algo, taponaba la salida hacia el Congreso. O yo lo atravesaba, mezclándome entre la gente, o me volvía hacia atrás. Tomando coraje y blandiendo el paquetito, me puse al lado de una  manifestante que, reconociendo mi bandera, me ofreció su capucha, con la que cubrí mi mano izquierda siempre en alto, y un garrote que validé con la derecha. Así, avancé por Callao hasta Perón y con el paquetito del exudado vaginal intacto, que por fin entregué en el laboratorio.

 

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