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Luis Cerda Herrera

Luis Cerda Herrera

10. Abril, 2015 |

Comparto tus versos, la liberta es como el aire que respiramos

Saludos

sergio silva

sergio silva

22. Febrero, 2015 |

Juan cuevas Quevedo, es este tu correo? si es así espero tu respuesta. Fraternalmente, Sergio silva.

Arsenio Aguilera

Arsenio Aguilera

22. Enero, 2015 |

Hermosa poesía que refleja lo vivido abordo de la embajadora de los mares. Felicitaciones por ese maravilloso talento. Un ex-marino y...

Eugenio

06. Agosto, 2014 |

muy buenos tus poemas, te felicito compadre, aun tengo recuerdos de cuando nos reiamos juntos a otros funcionarios del S.A.G y la...

manuela rodriguez

manuela rodriguez

06. Enero, 2014 |

Señor marcelino, hermosos sus poemas ,muchas gracias por ayudarnos a encontrar un hotel y personas como ud necesita este mundo Dios lo...

El bacalao a la española

25 Septiembre 2014

 

Bacalao a la española

               

            Cuando José Antonio me invitó a visitar, durante ese fin de semana a su mamá, que vive en Mar del Plata, me dije para mí que antes preferiría charlar con un loro.

Le preparé el bolso con lo que usaría durante esos dos días.

            -No pongas el pijama- me recordó el unigénito.

            No puse su pijama, pero yo me puse verde.

            De las ocho órdenes de loros existentes, a mí me tocó una cacatúa como suegra, que por una promesa hecha a San Són para no perder las fuerzas, no se volvió a cortar el pelo luego del derrumbe de su columna de apoyo y enrosca el penacho de su viudez en un rodete sobre su dura testa, que a mí me tiene hasta el moño.

            Con cara de dejación, antes de despedirse, José Antonio me preguntó que haría yo solita durante su ausencia.

            -Cortarme el pelo- le contesté-. Luego iré a ver cine con alguna amiga.

            -Seguro que verás una de esas películas que no se entienden- dijo-.Y yo no me explico como es que te gustan-.

            A mi tampoco me gusta- y me lo callo- que cuando vas a visitar a la viuda oceánica, no lleves tu pijama, porque tu putativa madre te tiene lavado y planchado el del finadito, ese de bombasí azul con rayas grises que, cuando yo voy y te lo veo puesto, me excita las ganas de rajar, porque me acuerdo de los presos en el penal del fin del mundo. Y no apruebo una Cárcel de Reincidentes..

Asumo, que a su tiempo, heredaré el camisón bordado con “vainicas de palito”,que pienso donar a la “Fundación Aves del Paraíso”.

            José Antonio se fue solo, con un beso de despedida.

                                           

            Volvió el domingo por la noche, muy cansado y se acostó de inmediato.

            Yo me quedé con su ropa sucia.

A las doce, subí a acostarme. A las dos de la mañana llamó la vieja.

Fué directa al grano,

 -¿Llegó el Pepo?- Recordé que José Antonio había vuelto a las nueve de la noche, por lo cual, debió salir de Mar del Plata a las cuatro o a las cinco de la tarde. O pensó que viajó en carreta, o me quiso joder a mí. Ella sabía que su hijo dormía como un tronco. Yo, ahora sabía que ella no.

 –Si, llegó- contesté como una zombi. -¿Te ha gustado el regalito?- dijo- Lo escogimos juntos. Fíjate que no esté abombado- Agregó y colgó.

 La mandé al carajo por la ruta dos y colgando el tubo, traté de dormirme. Apretando los párpados, desvelada, tratando de relajarme, inspirando y espirando, inspirando… y espirando, inspirando… y es…pira…da...

            ¡Por Dios! Los ojos se me desorbitaron. ¡La vieja es una bruja, rumié, y me mandó un loro! Lo imaginé medio desmayado dentro de una caja con agujeros y pidiendo socorro. Salté de la cama. Mientras bajaba la escalera, rogaba que no se quedara mudo del susto. ¡Siempre deseé tener a alguien con quien hablar!

            Pateando suegras, llegué al garaje y prendí la luz. El silencio era total y el calor sofocante. Abrí la puerta delantera del coche, subí, revisé adelante, atrás y nada. Ni una pluma verde, ni siquiera una birome azul.

            Salí del  auto y de pronto, se me ocurrió… me tapé la boca con la mano. ¡Asesinos! ¡Lo metieron en el baúl! Como a un secuestrado- musité.

            Apoyé la oreja sobre la tapa, pero no escuché nada. Falleció, me dije.

Con la piel de gallina en el cuerpo, abrí el cofre. El olor me tiró hacia atrás.

            ¿Cuántas horas llevaba de muerto?

            Apretándome la nariz con los dedos, me acerqué. -¡Inhumanos, como no se iba a morir, si lo metieron en una bolsa de plástico! Y encima anudada. ¿Adonde iba a escapar el pobre loro sofocado?

            Tomé el bulto con el cadáver y decidida a darle piadosa sepultura por la mañana, lo llevé a la cocina.

            Me preparé un tilo.

            -¿ Y si solo estaba asustado?- ¿Y si lo pudiera reanimar?-

            Acercándome a la mesada, palpé el ave …¡ María!.... Estaba duro. Aplastado. Desaté el nudo y  un trozo de bacalao seco de aproximadamente un kilo emanó desde el interior, pálido como un Poseidón castrado. Tomando un tridente, apiadada, lo devolví al agua, sumergiéndolo en una olla profunda.

            Calada, me fui a dormir.

            Al día siguiente, sacando del remojo nocturno al elegido, recordé el color ámbar gris que Juan Antonio tiene cuando se despierta por las mañanas. Con un lienzo absorbente, sequé los trozos. –Ya está- Desalado. Juan Antonio bajó. Afeitado y oliendo a colonia.

            Con los indios sueltos y transformado en conquistador, me cubrió la retaguardia con un teleósteo de la hostia.

            Escamada y con una espina clavada, giré con el cuchillo en la mano y le señalé el reloj en la pared.

            Branquiando, José Antonio se apartó y se sirvió un café.

            ¿Qué clase de pescado es?- me pregunté. Y mirando al desalado, empecé a despellejarlo. Luego fui sacando las espinas, algunas profundas, encarnadas., grandes y punzantes.

            Tomando una pinza, cuidando de no romper la pulpa, las arranqué una a una. Como quien desincrusta culpas.

            Mas liviana, acomodé la carne sobre la tabla y encuadrándola pareja, la fui cortando prolijamente en trozos.

            -Hasta la noche- dijo José Antonio desde su atalaya en el limbo, y como un embajador de su patria madre, mirando al bacalao con cara de bobo, inclinándose, me besó en la kokotxa y se fue.

            Enhariné el pescado con mimo y recordando a Marcel Marceau, gesticulando lo frité. Aplasté el ajo, piqué la cebolla y sin derramar una sola lágrima, pelé el tomate y metí todo en una cazuela, junto al aceite del olivo, como símbolo de paz. Puse el recipiente sobre el fuego y el chisporroteo me fue animando. O es Celia Cruz, la que me anima con su ritmo desde la radio. Moviendo las piernas y al compás, anoto en un papel, gambas. Para decorar.

            Componedora, echo el bacalao en la cacerola, agrego el cubito de caldo con azafrán, las especies y el agua.

            “In memory of” la madre de José Antonio, le agrego una guindilla. Disminuyo el fuego.

            Subo a bañarme, y cuando bajo, el aroma en la cocina, me envuelve, llenándome de placer.

            Mantengo la llama bajita, mientras llamo al celular de José Antonio.

            -Amor, no vuelvas tarde. Preparé el bacalao a la española, como me enseñó tu mamá…,

¿Qué vino?...¿Quien vino?...¡ Ah, el vino!...Eso lo elegís vos.

            Apago el fuego hasta la noche y salgo a comprar las gambas. Y también los morrones y los garbanzos de lata.

            ¿ Que no estuvieron en remojo? 

            ¿ Y quien se va a enterar? …Si en la Edad Media mataron a todas las brujas.

 

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